La verdadera riqueza no es lo que tenemos, sino lo que somos capaces de compartir

 

La verdadera riqueza no es lo que tenemos, sino lo que somos capaces de compartir

 

Etiopía me enseñó que la riqueza más grande no se mide en lo que tenemos, sino en todo lo que somos capaces de compartir.

 

Durante años pensé que viajar a Etiopía significaba ir a ayudar. Con el tiempo comprendí que también significaba aprender a mirar la vida de otra manera.

He conocido familias con muy pocas pertenencias que, sin embargo, nunca dudaron en hacerme un lugar en su mesa. Personas que compartían el café, el pan, el tiempo, una sonrisa o simplemente su presencia. Comunidades donde la escasez material convivía, paradójicamente, con una extraordinaria capacidad para dar.

Y entonces empecé a hacerme una pregunta incómoda:

¿Quién es realmente pobre?

Vivimos en una sociedad que con frecuencia nos enseña a medir la riqueza por acumulación: cuánto tenemos, cuánto ganamos, cuánto conseguimos, cuánto podemos comprar. Como si una vida pudiera resumirse en aquello que somos capaces de poseer.

Pero hay otra forma de riqueza que no aparece en ninguna cuenta bancaria.

La riqueza de quien tiene tiempo para escuchar.
De quien comparte incluso cuando no le sobra.
De quien abre su casa.
De quien acompaña cuando no puede solucionar.
De quien cuida sin esperar reconocimiento.
De quien descubre que la felicidad también puede pronunciarse en plural.

Etiopía me ha enseñado que tener poco no significa necesariamente ser pobre, del mismo modo que tener mucho no significa necesariamente ser rico.

Quizá la verdadera abundancia comienza cuando dejamos de preguntarnos cuánto podemos acumular y empezamos a preguntarnos cuánto podemos compartir.

Porque aquello que guardamos algún día dejará de pertenecernos. Pero aquello que entregamos puede continuar viviendo en otras personas.

Una palabra que devolvió esperanza.
Una oportunidad.
Un conocimiento compartido.
Una mano que sostuvo otra mano en el momento necesario.
Un gesto de bondad que alguien decidió repetir.

Tal vez por eso, después de tantos años caminando por Etiopía, siento que algunas de las personas que aparentemente menos tenían fueron quienes me regalaron algunas de las mayores riquezas de mi vida.

Me enseñaron que compartir no nos hace más pobres.

Nos hace más humanos.

Y quizá, cuando termine nuestro camino, la pregunta verdaderamente importante no será cuánto conseguimos tener, sino:

¿Qué hicimos con aquello que tuvimos?
¿A quién cuidamos?
¿Qué compartimos?
¿Cuánta esperanza dejamos detrás de nosotros?

Porque hay riquezas que se acumulan.

Y hay otras, mucho más importantes, que solo existen cuando se comparten.

 

Iñaki Alegría
La Mirada de Iñaki Alegría

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