La salud global empieza cuando ninguna frontera decide quién vive y quién muere.

La salud global empieza cuando ninguna frontera decide quién vive y quién muere

La salud global empieza cuando ninguna frontera decide quién vive y quién muere. La Mirada de Iñaki Alegría

Hay frases que nacen de una convicción profunda. Esta es una de ellas.

 

La salud global empieza cuando ninguna frontera decide quién vive y quién muere.

 

Vivimos en un mundo extraordinariamente conectado. Podemos hablar en segundos con cualquier continente, viajar miles de kilómetros en pocas horas y compartir conocimiento como nunca antes en la historia. Sin embargo, cuando hablamos de salud, el lugar donde una persona nace sigue siendo uno de los factores que más determina sus posibilidades de sobrevivir.

No debería ser así.

En demasiados lugares, la diferencia entre vivir y morir no depende de la gravedad de una enfermedad, sino de la existencia —o ausencia— de un centro de salud cercano, de un profesional formado, de un medicamento esencial o de un diagnóstico a tiempo.

No es un problema biológico.

Es un problema de justicia.

Durante los años que he tenido el privilegio de trabajar en Etiopía he conocido madres que caminaron durante horas para dar a luz con seguridad. Niños que llegaron demasiado tarde porque el hospital estaba demasiado lejos. Profesionales sanitarios capaces de hacer auténticos milagros con recursos mínimos. Comunidades enteras que, con formación y apoyo, demostraron que la solución no siempre consiste en traer más personas desde fuera, sino en fortalecer a quienes ya están allí.

Eso también es salud global.

No significa únicamente llevar ayuda.

Significa reducir las desigualdades que hacen que una vida tenga más oportunidades que otra por razones completamente ajenas a la persona.

La salud global empieza cuando dejamos de hablar de «ellos» y «nosotros».

Cuando comprendemos que una muerte evitable, ocurra donde ocurra, nos interpela como humanidad.

Cuando entendemos que la cooperación no consiste en sustituir capacidades, sino en compartir conocimiento, fortalecer sistemas sanitarios y construir soluciones junto a las comunidades.

Y empieza, sobre todo, cuando dejamos de aceptar como inevitable aquello que en realidad es profundamente injusto.

Porque ninguna frontera dibujada sobre un mapa debería decidir quién tiene acceso a una vacuna, a una cirugía, a un parto seguro o a un tratamiento.

Las fronteras pueden organizar países.

 

Nunca deberían decidir el valor de una vida.

 

La salud global no es solo una disciplina médica.

Es una manera de entender el mundo.

Una manera de afirmar,  que toda persona merece la misma oportunidad de vivir con dignidad.

Y ese es, quizá, uno de los mayores desafíos éticos de nuestro tiempo.

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