Quien sirve con Amor multiplica la esperanza

Quien sirve con amor multiplica la esperanza

 

Hay noches que terminan cuando sale el sol. Y hay otras que permanecen dentro de nosotros durante toda la vida.

En Etiopía he vivido unas cuantas.

Noches de hospital. De cansancio. De silencio. De carreras por los pasillos. Noches en las que la vida parece pender de un hilo y uno descubre que, cuando ya no quedan fuerzas, todavía queda algo que ofrecer: estar.

Permanecer al lado.

Sostener una mano.

Compartir el miedo.

Decir con nuestra presencia: no estás solo.

Con los años he comprendido que quizá eso sea servir.

No hacer grandes cosas.

No salvar el mundo.

Simplemente no pasar de largo ante la vida de otra persona.

 

La medicina que no cabe en una receta

La medicina me enseñó a diagnosticar enfermedades, interpretar síntomas, administrar tratamientos y tomar decisiones.

Pero fueron los pacientes quienes me enseñaron algo todavía más importante:

 

curar es importante; cuidar es imprescindible.

 

Porque llega un momento en que quizá no puedas hacer más desde la medicina, pero siempre puedes hacer algo desde la humanidad.

Puedes escuchar.

Puedes acompañar.

Puedes acariciar una mano.

Puedes sentarte junto a una cama.

Puedes mirar a una madre agotada y hacerle sentir que su hijo importa.

Puedes tratar a una persona con la dignidad que merece.

Y descubrí que existe una medicina que no aparece en los protocolos.

La medicina de la presencia.

La del respeto.

La de la ternura.

La de no abandonar.

La del amor.

No sustituye a los antibióticos, al oxígeno, a la cirugía ni a la ciencia. Los necesitamos. Pero les recuerda para qué existen:

para cuidar vidas humanas.

 

Servir no es salvar

 

Durante años de cooperación también he tenido que desaprender muchas cosas.

Una de ellas es la idea de que nosotros vamos a determinados lugares del mundo a «salvar» a alguien.

No.

Nadie necesita que lleguemos convertidos en héroes.

La cooperación que creo que merece la pena empieza precisamente cuando dejamos de considerarnos imprescindibles.

Cuando cambiamos:

«He venido a ayudarte»

por algo mucho más humilde:

 

«He venido a caminar contigo.»

 

Cuando dejamos de preguntar qué podemos enseñar y empezamos también a preguntar qué podemos aprender.

Cuando comprendemos que la persona que tenemos delante no es un beneficiario, un número, una fotografía o un proyecto.

Es nuestro igual.

Tiene una historia.

Una familia.

Sueños.

Miedos.

Talentos.

Dignidad.

Y entonces el servicio deja de ser vertical.

Nos ponemos a la misma altura.

Nos miramos.

Nos escuchamos.

Y caminamos juntos.

Eso es lo que África me ha enseñado tantas veces.

Yo llegué creyendo que iba a dar.

Y terminé recibiendo mucho más de lo que jamás imaginé.

 

El milagro de multiplicar

 

Hay algo extraordinario que sucede cuando servimos de esta manera.

Lo que damos no termina en la persona que tenemos delante.

Se multiplica.

Cuando enseñamos a una profesional sanitaria a reanimar a un recién nacido, quizá esa formación permita salvar decenas o cientos de vidas que nosotros nunca conoceremos.

Cuando una agente de salud aprende a reconocer a tiempo una enfermedad grave, su conocimiento viaja con ella hasta comunidades a las que quizá nunca llegaremos.

Cuando una niña puede continuar estudiando, quizá años después sea ella quien cuide a otras personas.

Cuando una madre sobrevive a un parto, no salvamos solamente una vida. Permitimos que una historia familiar pueda continuar escribiéndose.

Cuando alguien recupera la esperanza, esa esperanza tampoco se queda quieta.

Pasa de unas manos a otras.

De una familia a otra.

De una generación a la siguiente.

Por eso cada vez creo menos en la ayuda que crea dependencia y cada vez creo más en el servicio que genera capacidades.

 

Hay algo mejor que salvar vidas: enseñar a salvarlas.

 

Porque entonces nuestra presencia deja de ser necesaria.

Y quizá ese sea uno de los mayores éxitos de la cooperación.

 

El amor también es una forma de trabajar

 

A veces reservamos la palabra amor para nuestra vida privada.

Pero yo creo que también podemos amar desde nuestra profesión.

Amamos cuando hacemos nuestro trabajo recordando que delante tenemos personas y no números.

Amamos cuando escuchamos un minuto más.

Cuando tratamos con respeto a quien no puede ofrecernos nada a cambio.

Cuando defendemos la dignidad de quien no tiene voz.

Cuando compartimos nuestros conocimientos.

Cuando acompañamos a alguien en uno de los momentos más difíciles de su vida.

Cuando hacemos bien una pequeña tarea aunque nadie vaya a felicitarnos por ella.

El amor no está reñido con el rigor.

Todo lo contrario.

Cuando amamos lo que hacemos y, sobre todo, a las personas para quienes lo hacemos, queremos hacerlo todavía mejor.

 

No necesitas ir a Etiopía

 

A veces pensamos que servir significa marcharse lejos.

No hace falta.

No necesitas trabajar en un hospital rural africano.

No necesitas fundar una organización.

No necesitas cambiar de profesión.

Ni siquiera necesitas tener mucho tiempo.

Solo necesitas mirar alrededor.

Quizá alguien cerca de ti necesita ser escuchado.

Quizá un compañero está atravesando un momento difícil y nadie se ha dado cuenta.

Quizá una persona mayor necesita cinco minutos de conversación.

Quizá tus hijos necesitan menos cosas y más tiempo.

Quizá alguien necesita que confíes en él.

Quizá hoy puedas compartir algo que sabes.

Quizá puedas abrir una puerta.

Hacer una llamada.

Dar las gracias.

Pedir perdón.

Abrazar.

Acompañar.

El mundo también cambia así.

 

La pregunta

 

Nos levantamos cada mañana pensando en todo lo que tenemos que hacer.

Reuniones.

Mensajes.

Trabajo.

Problemas.

Objetivos.

Prisas.

Pero quizá podríamos añadir una pregunta diferente a nuestras mañanas:

 

¿A quién puedo hacerle hoy la vida un poco mejor?

 

No hace falta que nadie lo sepa.

No hace falta publicarlo.

No hace falta recibir nada a cambio.

Hazlo simplemente porque puedes.

Porque quizá el sentido de una vida no esté únicamente en aquello que conseguimos acumular, sino también en aquello que somos capaces de entregar.

Y entonces ocurre algo precioso.

Descubrimos que servir transforma a quien recibe, pero también transforma profundamente a quien sirve.

Que cuando compartimos alegría no tenemos menos alegría.

Que cuando entregamos amor no tenemos menos amor.

Y que cuando ofrecemos esperanza tampoco la perdemos.

Sucede exactamente lo contrario.

La multiplicamos.

Después de tantos años entrando y saliendo de hospitales, acompañando vidas que empiezan y vidas que terminan, viendo sufrimiento pero también una humanidad extraordinaria, cada vez estoy más convencido de una cosa:

no necesitamos personas extraordinarias haciendo grandes gestos.

Necesitamos millones de personas corrientes haciendo pequeñas cosas con un amor extraordinario.

Porque una mano puede sostener otra mano.

Una persona puede levantar a otra.

Una vida puede iluminar otra vida.

Y esa persona, mañana, quizá ilumine una tercera.

Así empieza todo.

Así se extiende.

Así cambia el mundo.

 

Quien sirve con amor multiplica la esperanza.

Y mientras quede alguien dispuesto a servir, cuidar, acompañar y amar, siempre habrá razones para seguir creyendo.

Siempre habrá esperanza.

Iñaki Alegría

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