En un mundo que glorifica el odio y la violencia, yo me lo juego todo al amor

Apostarlo todo al amor
En un mundo que glorifica el odio y la violencia, la ternura no es una ingenuidad, sino la forma más lúcida de resistencia
Hay palabras que el mundo adulto ha decidido no pronunciar en voz alta. «Amor» es una de ellas. La esconde tras eufemismos: «empatía», «compromiso», «valores».
Me lo juego todo al amor. Lo digo sin rubor y sin ingenuidad, después de catorce años ejerciendo como pediatra en un hospital rural de Oromía, en Etiopía, donde las ideas sobre el ser humano se ponen a prueba cada día, junto a una cama, frente a una madre que espera que alguien le diga que su hijo vivirá.
I. El ruido del odio
Vivimos rodeados de un estruendo que se parece a la vitalidad. El odio se ha vuelto rentable. Genera interacción, polariza audiencias, moviliza votos, vende. Los algoritmos han descubierto algo que los demagogos de todas las épocas ya sabían: la indignación retiene mejor que la serenidad, y el enemigo une mejor que el proyecto común.
La violencia ha dejado de ser una excepción que escandaliza para convertirse en un lenguaje. Se exhibe, se comenta, se comparte. Contemplamos el sufrimiento ajeno con la misma mirada con la que consumimos cualquier otro contenido: de pasada, con el pulgar dispuesto a deslizarse hacia lo siguiente. La guerra llega a nuestras pantallas entre un anuncio de coches y una receta de cocina, y nos acostumbramos a esa vecindad obscena.
Pero sería un error pensar que la violencia de nuestro tiempo es solo la de las armas. Byung-Chul Han ha insistido en que existe una violencia más sutil, la violencia de lo igual. Ya no nos amenaza tanto el enemigo externo, lo extraño, lo distinto que nos niega, como el exceso de nosotros mismos: la hiperactividad, la autoexplotación, la transparencia obligatoria, la exposición permanente. No nos oprime un amo visible. Nos explotamos voluntariamente, convencidos de que eso es libertad.
En esa sociedad del rendimiento, el otro se evapora. Se convierte en un competidor, en un perfil, en un número de seguidores, en un recurso o en un obstáculo. Y cuando el otro desaparece, lo que queda es un yo agotado, solo, rodeado de espejos.
II. La agonía del encuentro
Han ha dedicado a este fenómeno un diagnóstico memorable: el eros agoniza. Lo que se extingue es la capacidad de experimentar al otro en su alteridad, de ser sacudido, interrumpido, herido incluso, por alguien que no es yo y que no puedo reducir a mi medida. En su lugar prospera una positividad sin fricción: relaciones que se consumen como productos, afectos que se optimizan, vínculos de los que se puede salir con un clic.
Esa lógica tiene un efecto paradójico. Cuanto más evitamos la herida del otro, más nos hiere la soledad. Cuanto más nos protegemos de la negatividad, de la resistencia, del límite que el otro impone a mi deseo, más se empobrece nuestra experiencia del mundo. Una vida sin resistencias es una vida sin relieve.
Y es aquí donde el odio encuentra su caldo de cultivo. Odiar es una manera barata de relacionarse. Es un vínculo sin riesgo, porque no exige escuchar. El odio simplifica: etiqueta, clasifica, expulsa. Me dispensa de la fatiga de comprender. Quien odia no tiene que preguntarse nada, porque ya lo sabe todo del otro antes de haberlo mirado.
El amor es lo contrario: el trabajo lento de mirar. Es aceptar que el otro me excede, que no lo agotaré nunca, que su misterio no es un fallo que corregir, sino la condición misma de su dignidad. Amar es dejar que el otro siga siendo otro.
III. Lo que enseña una cama de hospital
No hablo de amor como quien teoriza desde un balcón. Lo conozco, o creo conocerlo, por una escuela particular: la de la cabecera del enfermo.
Cuando se trabaja en un hospital rural, con recursos escasos y distancias enormes, el amor deja de ser un sentimiento y se revela como lo que realmente es: una forma de atención. Atender, del latín attendere, tender hacia. Tender la mirada, la mano, el tiempo hacia alguien que sufre. No siempre se puede curar. Con frecuencia, lo único que se puede ofrecer es presencia. Y se descubre entonces algo que ninguna estadística recoge: que la compañía también es medicina, que ser mirado como alguien, y no como un caso, cambia la manera en que una persona atraviesa su dolor.
La medicina moderna, con todos sus prodigios, corre el riesgo de olvidarlo. Aspira a la eficiencia, a la trazabilidad, a la gestión. Todo eso es necesario y valioso. Pero un hospital que solo gestiona enfermedades y no acompaña personas habrá perdido el alma de su oficio. Sanar y cuidar comparten raíz, y quien separa ambos verbos acaba curando cuerpos que ya nadie sostiene.
Hay algo más. En esos lugares donde la vida se mide con fragilidad, uno aprende que la ternura no es debilidad. Es la forma más exigente de la fortaleza. Sostener a una madre que llora, quedarse junto a un niño que tiene miedo, no apartar la vista cuando todo invita a hacerlo: eso requiere más valentía que cualquier gesto de fuerza. La violencia es el recurso de quien no soporta la vulnerabilidad, la propia y la ajena. El amor es la capacidad de habitarla.
IV. Una apuesta, no una certeza
Decir que me lo juego todo al amor es hablar de apuesta, y toda apuesta implica riesgo. No hay garantía de que amar funcione. No hay certeza de que la bondad sea correspondida, ni de que el gesto de cuidado cambie el rumbo de nada. El amor no ofrece seguros.
Hegel decía que amar es ser uno mismo en el otro, encontrar la propia libertad en la relación con quien no soy. Esa libertad no es la del aislamiento, sino la del vínculo. Pero para conquistarla hay que exponerse. Quien ama puede ser rechazado, traicionado, desbordado por el sufrimiento del otro. Por eso tantos prefieren la coraza: el cinismo como método, la ironía como escudo, la indiferencia como estrategia de supervivencia.
Pero una existencia blindada contra toda herida es también una existencia sin encuentro, sin sorpresa y sin gracia. Quien nunca arriesga, nunca recibe. La vida, la verdadera, ocurre en la zona expuesta: allí donde alguien nos mira y no sabemos cómo responderá, allí donde decimos «te necesito» o «lo siento» o «quédate».
Hannah Arendt, que pensó como pocas sobre el mal y sobre la capacidad humana de comenzar, señaló dos facultades que sostienen el mundo común: el perdón y la promesa. El perdón nos libera del peso irreversible del pasado; la promesa nos permite construir un futuro compartido en medio de la incertidumbre. Ambas son formas del amor político, si se me permite la expresión. Sin ellas, la convivencia se disuelve en un ciclo interminable de venganzas y desconfianzas.
V. La esperanza como práctica
Conviene distinguir la esperanza del optimismo. El optimista confía en que las cosas saldrán bien. El esperanzado actúa porque cree que lo que hace tiene sentido, con independencia del resultado. Su fuerza no depende del pronóstico, sino de la convicción de que ciertas cosas merecen hacerse aunque no se vean los frutos.
Esa esperanza es la que sostiene, sin que apenas se la nombre, a una multitud de personas anónimas: maestras que enseñan en aulas precarias, enfermeras que doblan turnos, voluntarios que reparten comida, vecinos que acogen, médicos que se quedan. No salen en los titulares porque su trabajo carece de espectáculo. Pero son la verdadera trama del mundo. Mientras el odio hace ruido, el amor hace mundo: lo construye con paciencia, gesto a gesto, en lo concreto y lo cercano.
Y lo concreto importa. Se suele despreciar lo pequeño frente a los grandes problemas: ¿de qué sirve un abrazo ante una guerra, una sonrisa ante la pobreza? Pero ninguna transformación colectiva se sostiene sin esas pequeñas fidelidades. Las instituciones justas, las leyes humanas, las políticas solidarias nacen de personas que un día decidieron que el otro importaba. Antes de ser estructura, el cuidado es gesto.
Hay, además, un efecto contagioso en la bondad que los cínicos subestiman. Una persona que trata con respeto a quien nada puede ofrecerle cambia la atmósfera de una habitación. Un acto de generosidad inesperada desarma desconfianzas. Lo que hacemos con los demás se multiplica en cadenas invisibles que jamás podremos rastrear. Nadie sabe hasta dónde llega una gota de ternura.
VI. Elegir quedarse
Quizá el acto más revolucionario de nuestro tiempo sea quedarse. Quedarse con el otro cuando es incómodo, cuando no nos da la razón, cuando su dolor nos exige más de lo previsto. Quedarse en la conversación cuando la tentación es silenciar. Quedarse en el vínculo cuando la cultura nos invita a deslizar el dedo y pasar al siguiente.
Han ha escrito sobre la desaparición de los rituales, del tiempo lento, de las formas que sostienen la comunidad. Recuperar esas formas, la mesa compartida, la visita, la escucha sin prisa, la palabra dada, es una manera de resistir a la aceleración que nos descompone. El amor necesita tiempo. Y devolverle tiempo es devolverle su lugar en el centro de la vida.
Por eso me lo juego todo al amor. No porque sea fácil, ni porque garantice resultados, ni porque ignore la existencia del mal. Me lo juego porque, tras tantos años junto al dolor ajeno, he comprobado que es lo único que, cuando todo lo demás se desvanece, sigue teniendo sentido. Porque quien ama no necesita enemigos para saber quién es. Porque ante la crueldad, la forma más honda de rebeldía es seguir siendo tierno.
El odio promete fuerza y entrega soledad. El amor promete riesgo y entrega mundo. Entre ambos, cada día, elegimos. Y esa elección, repetida en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo invisible, es la que decide, al final, el tipo de humanidad que seremos.







