Cincuenta cosas buenas

Cincuenta cosas buenas

Para. Respira. Y hazte esta pregunta.

Desde que te has levantado esta mañana, ¿sabrías decirme cincuenta cosas buenas que te han pasado?

Yo sí. Y seguro que tú también. Y probablemente más.

Mira lo que ya ha pasado hoy, antes de que el día haya empezado de verdad:

Te has despertado. Has abierto los ojos. Has respirado sin tener que pensarlo. Has salido de una cama, bajo un techo que te protegía. Has encendido una luz. Has abierto un grifo y ha salido agua, y quizá hasta caliente. Has desayunado. Has elegido qué ropa ponerte. Has saludado, o abrazado, a alguien que quieres. Has salido a la calle sin miedo. Quizá has llevado a tus hijos a la escuela. Quizá has ido a trabajar. Tienes electricidad, internet, transporte, una farmacia cerca y un hospital al que acudir si lo necesitas.

Y si estás leyendo esto, es que probablemente tienes un móvil o un ordenador, y unos ojos que te permiten leerlo.

Y apenas ha empezado el día.

¿Cuántos podemos decir esto a la vez?

Hazte la pregunta con valentía: ¿qué porcentaje de la humanidad puede decir todo esto al mismo tiempo? ¿La mitad? ¿Una quinta parte? ¿Un 10%?

Y si además puedes ahorrar, viajar, elegir dónde cenar o decidir adónde irás de vacaciones, el círculo se estrecha todavía más.

No sé cuál es la cifra exacta, y no importa. Lo que importa es esto: muchas de las cosas que llamamos «normales» son privilegios cuando miras el mundo entero.

Trabajar en un hospital rural en Etiopía me lo enseñó de una forma que ningún dato podría. Allí descubres que el agua limpia, la electricidad, un medicamento disponible o un traslado a tiempo no son un punto de partida. Son un regalo, y a veces la diferencia entre la vida y la muerte. Cuando vuelves, ya no miras igual el grifo de tu casa.

Y lo mejor es que no necesitas viajar a ningún sitio para empezar a verlo. Puedes hacerlo ahora mismo.

Tu mente tiene un truco. Descúbrelo.

Nuestro cerebro es un campeón recordando lo que sale mal y un despistado con lo que sale bien.

Si esta noche alguien te pregunta cómo te ha ido el día, ¿de qué hablarás? Del atasco. Del mensaje que te molestó. De la reunión interminable. De eso que quieres y todavía no tienes.

Pero tú puedes entrenar tu mirada. Como un músculo. Cada día un poco más.

No se trata de negar los problemas. Existen, y algunos duelen de verdad. Se trata de no dejar que lo que falta ocupe tanto espacio que te tape lo que ya tienes:

Una cama.
Agua.
Comida.
Salud.
Educación.
Trabajo.
Seguridad.
Libertad.
Un abrazo.
Alguien que te quiere. Y alguien a quien querer.

Eso no es poco. Eso es una vida llena de cimientos.

Del agradecimiento a la acción

Aquí viene lo más importante.

Reconocer que somos afortunados no es motivo de culpa. La culpa paraliza y no ayuda a nadie. Lo que debemos despertar en nosotros es gratitud.

Pero tampoco nos quedemos ahí. La gratitud es el punto de partida, no la meta. Cuando aprendemos a mirar de verdad lo que tenemos,: la gratitud deja de ser solo un sentimiento y se convierte en una pregunta que nos mueve y conmueve:

 

¿Qué voy a hacer con todo lo que la vida me ha dado?

 

Quizá el verdadero sentido del privilegio no sea disfrutar de lo que otros no tienen, sino preguntarnos qué podemos hacer para que otros lleguen a tenerlo.

Iñaki Alegría

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