Nadie quiere ser el lobo

Hay una pregunta sencilla que puede hacerse a cualquier grupo de niños y niñas después de contarles el cuento de los tres cerditos:
¿con quién te identificas?
Nadie levanta la mano por el lobo
Un cuento infantil, una pregunta sencilla y una de las pruebas más hermosas de que todos somos buenos.
Hay una pregunta sencilla que puede hacerse a cualquier grupo de niños después de contarles el cuento de los tres cerditos: ¿con quién te identificas?
Unos levantarán la mano por el cerdito pequeño, el que se lo toma todo a broma y construye con paja. Otros, por el mediano, el de la casa de madera. La mayoría, casi siempre, por el grande, el que trabaja con ladrillos y acaba protegiendo a sus hermanos. Pero hay un detalle que se repite en todas las aulas, en todos los países, en todas las generaciones: nadie, absolutamente nadie, dice identificarse con el lobo.
Ese silencio es una de las pruebas más hermosas y menos atendidas que tenemos sobre la naturaleza humana.
El silencio del lobo
El lobo es, narrativamente, el personaje con más energía: tiene iniciativa, ingenio, constancia. Sopla, resopla, trepa por la chimenea. Es quien mueve la historia. Y sin embargo, ningún niño lo elige.
Podría pensarse que es miedo, o deseo de agradar al adulto. Pero basta observar con atención para descartarlo. El niño que se identifica con el cerdito pequeño, el imprudente, no intenta quedar bien con nadie: se reconoce sin pudor en la torpeza y en el error. Admite ser quien se equivoca. Lo que no admite, lo que ni siquiera puede imaginar siendo, es quien devora.
Ese rechazo no es una norma aprendida. Es anterior a cualquier enseñanza: una orientación del corazón.
Todos queremos ser los buenos
Lo que revela este pequeño experimento es que el deseo de ser bueno es universal. Nadie tiene que enseñárnoslo. Aparece antes de que sepamos qué es la ética, antes de que conozcamos siquiera la palabra «bondad». Cuando se nos ofrece una imagen de nosotros mismos, elegimos la que protege, la que cuida, la que trabaja por los demás, la que resiste. Incluso la que tropieza, siempre que tropiece sin hacer daño.
Y ese anhelo no desaparece al crecer. Se hace más complejo, pero sigue ahí. Cuando alguien miente, huye o hiere, rara vez se cuenta a sí mismo la historia del lobo. Se la cuenta como la del cerdito asustado: hizo lo que pudo, no tuvo alternativa, fue herido primero. Incluso quien causa el mayor de los daños necesita, para seguir viviendo consigo mismo, un relato en el que no es el villano.
Esto no excusa el daño, pero nos dice algo decisivo: nadie actúa desde el deseo de ser malo. Quien hace el mal lo hace desde el miedo, la herida, la ignorancia o la desconexión, y lo hace a pesar de un anhelo más hondo de ser digno, de ser querido, de ser bueno.
Nadie es el lobo, pero todos hemos actuado como él
Aquí está la paradoja más delicada. Nadie quiere ser el lobo. Nadie se reconoce en él. Y sin embargo, si somos honestos, todos hemos actuado como él alguna vez.
Hemos levantado la voz cuando lo que sentíamos era miedo. Hemos herido con una palabra cuando lo que queríamos era que alguien nos viera. Hemos dado un portazo, hemos callado por orgullo, hemos juzgado sin conocer. Y en ese momento, por dentro, no éramos lobos. Éramos cerditos asustados con la piel prestada de un lobo.
Porque el lobo, muchas veces, es un disfraz: la máscara que nos ponemos cuando nos sentimos pequeños y no sabemos cómo decirlo. Hay quien grita porque se siente ignorado, quien ataca porque se siente amenazado, quien se endurece porque ya lo hirieron antes. Detrás de casi toda conducta lobuna hay un cerdito que no encontró otra manera de protegerse. Incluso el lobo del cuento, si lo pensamos, no nace malvado: es un animal con hambre al que el relato, contado desde la casa de los cerditos, convierte en amenaza.
Por eso conviene distinguir entre lo que hacemos y lo que somos. Un acto puede ser lobuno sin que quien lo comete lo sea. El lobo es lo que parecemos cuando el miedo conduce; el cerdito es lo que seguimos siendo por debajo, aunque la apariencia engañe. Y esa distinción lo cambia todo.
Cuando yo actúo como el lobo, puedo reconocerlo sin destruirme. No tengo que concluir «soy malo», sino «tuve miedo y me puse la máscara». Eso me permite pedir perdón y reparar, que es lo que hace un cerdito valiente. Cuando otro actúa como el lobo, puedo poner límites, y debo hacerlo, pero sin dejar de preguntarme qué cerdito tiembla bajo ese disfraz.
Nada de esto borra el daño ni exime de responsabilidad. Al contrario: quien se sabe bueno por dentro puede permitirse mirar de frente sus actos más oscuros, porque no teme descubrir que es un monstruo. Solo quien cree que su valor depende de no haberse equivocado nunca necesita negar sus errores. El que confía en su bondad de fondo puede decir con serenidad: esto lo hice yo, no estuvo bien, y quiero repararlo.
Quizá la madurez consista exactamente en eso: en aprender a quitarnos el disfraz de lobo a tiempo, o al menos a reconocerlo cuando ya lo llevábamos puesto, y en mirar a los demás sabiendo que, bajo cada gruñido, hay casi siempre alguien que solo quería sentirse a salvo.
La bondad cotidiana
Si miramos el mundo con esta clave, la bondad deja de parecer una excepción y se revela como lo habitual. Está en la madre que pasa la noche en vela junto a su hija con fiebre. En el vecino que sube la compra a quien no puede con las escaleras. En el desconocido que se detiene para ayudar a levantar a alguien en la calle. En la enfermera que sostiene una mano a las tres de la madrugada, sin que nadie lo vea ni lo agradezca. En quien comparte su plato sin tener demasiado.
Esa bondad no sale en las noticias porque es constante, silenciosa y está en todas partes. Los titulares recogen lo que rompe la norma, y por eso nos dan una imagen distorsionada: nos hacen creer que el lobo abunda, cuando lo que abunda son millones de gestos pequeños que sostienen el mundo cada día.
Una filosofía de la confianza
Aceptar que todos somos buenos tiene consecuencias prácticas.
Cambia la mirada sobre el otro. Si parto de que quien tengo delante desea, en el fondo, ser bueno, puedo preguntarme qué le duele en lugar de qué le pasa. Puedo leer la agresión como un grito y no como una sentencia.
Cambia la mirada sobre uno mismo. Mis fallos dejan de ser la prueba de que estoy roto y pasan a ser lo que son: tropiezos de alguien que quiere hacerlo bien. Eso no rebaja la responsabilidad, la hace posible, porque solo se repara desde la dignidad lo que no se vive como condena.
Cambia el modo de educar y de cuidar. Quien trabaja con niños, con enfermos o con personas en situaciones extremas sabe que se llega más lejos apelando a la bondad que ya existe que intentando fabricarla desde fuera. No se trata de enseñar a ser bueno, sino de crear las condiciones para que la bondad que ya está ahí pueda sostenerse.
Cambia la esperanza. Si el mal fuera la esencia, esperar sería ingenuo. Pero si el bien es el fondo, la esperanza es puro realismo: apostar por lo que ya late en cada persona.
Una objeción honesta
Se dirá: ¿y quienes hacen daño de verdad, quienes destruyen y aplastan? ¿No refutan la tesis?
No necesariamente. Reconocer la bondad de fondo no es negar el daño, ni la necesidad de justicia, límites y protección. Los cerditos hicieron bien en construir con ladrillo. Se puede cerrar la puerta al lobo sin dejar de creer que, en otro cuento, habría podido sentarse a la mesa.
Y aun en los casos más oscuros hay algo revelador: hasta quien daña necesita justificarse. Necesita decirse que tenía razón, que no había otra salida, que el otro lo merecía. Esa necesidad es, paradójicamente, un homenaje involuntario al bien. Solo se disculpa lo que se sabe que necesita disculpa.
La mano que no se levanta
Volvamos al aula. El maestro pregunta: ¿quién se identifica con el lobo? Y nadie levanta la mano.
Podríamos leer ese silencio como ingenuidad infantil. Yo prefiero leerlo como una revelación. Sin teoría ni argumentos, esos niños dicen la verdad más antigua de nuestra especie: que queremos ser buenos, que lo somos en lo más hondo, y que cada vez que nos alejamos de ello lo sentimos como una pérdida de nosotros mismos.
Todos somos buenos. Algunos, a veces, lo olvidamos.







