Seguimos crucificando
Los crucificados de hoy



Seguimos crucificando
Hay una verdad incómoda que atraviesa la historia como una herida abierta: no hemos dejado de crucificar.
Creemos que la cruz pertenece al pasado, a un episodio lejano de la historia, a la muerte de Jesucristo hace más de dos mil años. Pensamos que aquello fue un error irrepetible, una injusticia única, un momento oscuro que la humanidad ya ha superado.
Pero no es verdad.
La cruz no desapareció.
La cruz cambió de forma.
Hoy seguimos levantando cruces en cada rincón del mundo.
Los crucificados de hoy
Los vemos, aunque muchas veces elegimos no mirar.
Son los niños que mueren bajo los escombros de una guerra que no han elegido.
Son las madres que caminan kilómetros con sus hijos desnutridos en brazos.
Son los enfermos que mueren por enfermedades curables simplemente porque nacieron en el lugar equivocado.
Son los descartados.
Los olvidados.
Los invisibles.
Hoy, los crucificados tienen nombres distintos: refugiados, desplazados, pobres, hambrientos, enfermos sin acceso a tratamiento. Pero el mecanismo es el mismo.
Inocentes que sufren.
Inocentes que mueren.
Inocentes sacrificados por sistemas, decisiones y silencios.
La nueva crucifixión: la indiferencia
En tiempos de Jesucristo, hubo quienes condenaron, quienes ejecutaron… y quienes simplemente miraron hacia otro lado.
Hoy no necesitamos martillos ni clavos.
Nos basta con la indiferencia.
Cada vez que normalizamos una guerra lejana.
Cada vez que aceptamos que haya niños muriendo de hambre.
Cada vez que pensamos “no es asunto mío”.
Ahí, en ese instante, la cruz vuelve a levantarse.
Porque la mayor tragedia no es solo el sufrimiento, sino la capacidad humana de acostumbrarse a él.
Un mundo que justifica la cruz
Hemos aprendido a justificar lo injustificable.
Hablamos de geopolítica para explicar guerras.
De economía para explicar pobreza.
De logística para explicar la falta de acceso a tratamientos.
Convertimos el dolor en cifras.
La injusticia en informes.
La muerte en estadísticas.
Y así, poco a poco, dejamos de ver rostros.
Pero cada número tiene un nombre.
Cada dato tiene una historia.
Cada muerte tiene un porqué… que podría haberse evitado.
¿Quién sostiene hoy la cruz?
Es fácil pensar que los culpables son “los otros”: gobiernos, líderes, sistemas.
Pero la pregunta incómoda es otra:
¿Quién sostiene hoy la cruz?
La sostienen las estructuras injustas, sí.
Pero también nuestros silencios.
Nuestras comodidades.
Nuestra falta de acción.
No hace falta odiar para crucificar.
A veces basta con no amar lo suficiente.
Bajar de la cruz
La historia de Jesucristo no termina en la cruz.
Y esa es la esperanza.
Porque si hoy seguimos crucificando, también hoy podemos ,y debemos, bajar de la cruz a los crucificados.
Cada gesto cuenta.
Cada vida salvada es una cruz que se rompe.
Cada acto de justicia es un clavo que se arranca.
Cada decisión de amar es una victoria contra la indiferencia.
Una pregunta que nos interpela
Tal vez la pregunta no sea si el mundo es injusto.
La pregunta es:
¿De qué lado de la cruz estamos?
Porque la cruz no es solo un símbolo religioso.
Es un espejo.
Y en él, cada día, se refleja nuestra humanidad.
Seguimos crucificando.
Pero no estamos condenados a hacerlo.
Podemos elegir.
Elegir mirar.
Elegir implicarnos.
Elegir amar.
Porque en un mundo donde aún hay crucificados, la verdadera revolución no es el poder.
Es la compasión.
Y quizás, solo quizás, el día que dejemos de levantar cruces para otros…
empecemos, por fin, a construir un mundo donde nadie tenga que morir cuando no le toca morir


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