No quiero ser feliz. Quiero ser buena persona.

Quiero que mi vida haga bien a alguien.
La bondad se concreta
Es fácil desear un mundo mejor. Lo difícil empieza cuando ese deseo reclama una parte de nuestro tiempo, de nuestra comodidad o de nuestros recursos.
La bondad toma forma en lo cotidiano: tratar con respeto a quien piensa distinto, devolver lo que no nos pertenece, escuchar una queja sin despreciar a quien la expresa.
También exige aprender.
Me gustaría recordar esto cada mañana: quien tengo delante merece mi respeto incluso cuando estoy cansado, incluso cuando nadie me observa.
Dejarse cuidar también
Habrá días en los que no sepamos responder con paciencia. Días en los que necesitemos retirarnos, descansar o pedir ayuda.
La bondad tiene que alcanzarnos también a nosotros.
Somos limitados. Podemos amar profundamente y necesitar un descanso. Podemos comprometernos con los demás y poner límites. Podemos reconocer un error sin convertirlo en una condena sobre toda nuestra persona.
Quiero ser buena persona y sé que seguiré equivocándome. Por eso necesito humildad para rectificar y ternura para volver a empezar.
Una fe que se convierte en cuidado
En Jesús encuentro una manera de orientar este deseo. Su atención a las personas, su cercanía a quienes quedaban al margen y su disposición a detenerse me interpelan.
Me pregunto qué lugar tiene esa mirada en mi vida.
Qué hago cuando ayudar deja de ser cómodo.







