Que caigan los tronos. Que se alcen los corazones.

Que caigan los tronos. Que se alcen los corazones.

Que gane el amor. Que se reparta el poder.

Un segundo.

El balón sale de tu bota. Ahí va tu infancia, las tardes de entrenamiento, el nombre que soñabas escuchar en un estadio.

Al poste.

Un palmo separa la gloria del desastre. Y tú sigues siendo el mismo, aunque la multitud ya haya cambiado de opinión.

Un segundo.

Se desploma el mercado. Aquella inversión que iba a hacerte libre amenaza con llevárselo todo. Ayer te creías capaz de adivinar el futuro. Hoy darías cualquier cosa por recuperar el pasado.

Un segundo.

El poderoso pierde el mando. Se queda con la mano extendida, esperando una obediencia que ya no llega. Había confundido el cargo con su persona, el miedo con el respeto, el mundo con su propiedad.

Pero la tierra nunca cupo en una escritura.
Ni un pueblo en el puño de un hombre.

Que lo escuchen los reyes, los dueños de imperios, los terratenientes que contemplan el horizonte y dicen: «Hasta allí, todo es mío».

En esas tierras hay manos que siembran.
Hay espaldas que duelen.
Hay familias cuya vida vale tanto como la vuestra.

Y ningún título de propiedad concede el derecho a pisarlas.

Nos cuesta recordarlo cuando ganamos. Nos embriaga el aplauso. Acertamos una vez y nos creemos infalibles. Acumulamos riqueza y empezamos a confundir lo que tenemos con lo que merecemos.

Hasta que la vida golpea.

Y caemos con toda nuestra soberbia, con nuestros trofeos, nuestras cuentas, nuestras llaves.

Desde el suelo, el corazón de otro vuelve a parecernos un refugio.

Alguien se acerca. Conoce tu fracaso. Ha visto tu caída. Y aun así se arrodilla a tu lado, te llama por tu nombre y te ayuda a levantarte.

Qué poca cosa parece una mano.
Qué inmenso lo que puede sostener.

Por eso, si hemos de apostar, apostemos por el amor.

Pongamos el corazón donde hay alguien pasando frío. Pongamos tiempo donde hay soledad. Pongamos pan donde hay hambre. Y donde una sola voluntad decide la suerte de todos, repartamos el poder.

Que haya otras voces en la mesa.
Que quien manda tenga límites.
Que quien obedece pueda decir «no».
Que nadie tenga que suplicar de rodillas lo que le corresponde por dignidad.

El amor al prójimo también exige eso: soltar privilegios, aceptar que nos contradigan, hacer sitio. Querer para los demás una libertad que no dependa de nuestra bondad.

No basta con abrir los brazos si seguimos cerrando todas las puertas.

Abre alguna.
Entrega una llave.
Deja que otro decida.

Quizá nunca marques aquel gol.
Quizá no recuperes tu fortuna.
Quizá tu nombre desaparezca de la puerta del despacho.

Te dolerá. Habrá noches largas.

Pero una mañana alguien te necesitará y todavía podrás acudir. Todavía tendrás una voz para defenderlo, unos brazos para recibirlo, un corazón capaz de salir de su propio dolor y acercarse al suyo.

Ahí queda una esperanza que ninguna caída puede arrebatarnos del todo.

Podemos volver a cuidarnos.
Podemos repartir el pan, la tierra, la palabra.
Podemos construir un lugar donde la caída de uno encuentre los brazos de muchos.

Que gane el amor.
Que se reparta el poder.

Y que cuando la vida vuelva a golpearnos, nos encuentre juntos.

El poder exige obediencia. La avaricia nunca tiene bastante. La envidia no soporta la alegría ajena.

Los tres prometen el mundo y nos enseñan a vivir como si todo fuera poco. Todo o nada. Vencer o desaparecer. Llegar a la cima, aunque haya que pisar corazones.

El amor es bondadoso. Es piadoso. Sabe decir «basta» cuando sobra y «comparte» cuando falta. No necesita tenerlo todo para dar algo. Ni verte de rodillas para sentirse grande.

Porque hay una victoria que no exige la derrota de nadie: dar de corazón.

Que caigan los tronos. Que se alcen los corazones. Que nuestra grandeza sea lo que damos, no lo que arrebatamos.

El poder exige obediencia. La avaricia nunca tiene bastante. La envidia no soporta la alegría ajena.

Los tres prometen el mundo y nos enseñan a vivir como si todo fuera poco. Todo o nada. Vencer o desaparecer. Llegar a la cima, aunque haya que pisar corazones.

El amor es bondadoso. Es piadoso. Sabe decir «basta» cuando sobra y «comparte» cuando falta. No necesita tenerlo todo para dar algo. Ni verte de rodillas para sentirse grande.

Porque hay una victoria que no exige la derrota de nadie: dar de corazón.

Que caigan los tronos. Que se alcen los corazones. Que nuestra grandeza sea lo que damos, no lo que arrebatamos.

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