La bondad no se anuncia: ilumina

Hay gestos que nunca saldrán en una fotografía.
En el hospital de Gambo he visto muchos así:
una enfermera que se queda unos minutos más junto a una madre que no puede dormir.
Un padre que comparte su pan con la familia de la cama de al lado.
Una compañera que, sin decir nada, toma tu guardia cuando sabe que ya no puedes más.
Nadie los aplaude. Y, sin embargo, son ellos los que sostienen la vida.
Vivimos en un tiempo que nos empuja a mostrarlo todo, a medir el valor de lo que hacemos por cuánto se ve. Pero la bondad verdadera tiene otra naturaleza. No necesita testigos ni reconocimiento. Le basta con que alguien, a su lado, respire un poco mejor.
He aprendido que lo que más cura no siempre es lo que hacemos, sino cómo estamos.
Una mirada que no tiene prisa.
Un nombre pronunciado antes que un diagnóstico.
Una presencia que no pretende arreglarlo todo, pero tampoco se marcha.
Somos frágiles porque estamos vivos.
Y quizá por eso la bondad es tan necesaria: porque nos recuerda que nadie se sostiene solo, que cada vida lleva la huella de muchas manos, casi siempre anónimas.
No hace falta irse lejos para practicarla.
La bondad no hace ruido. No se anuncia.
Simplemente ilumina.
Y esa luz, aunque nadie la vea, cambia el mundo de quien la recibe.
Iñaki Alegría







