Gambo, el hospital donde el Amor hizo guardia

Gambo me recuerda a esos lugares donde la vida parece haber sido olvidada por los mapas, pero no por Dios.

A un pueblo al que se llega después de atravesar caminos de polvo rojo, llanuras interminables y silencios antiguos, donde el sol cae sobre los tejados de zinc con una gravedad de profecía, y donde cada amanecer trae, junto con la luz, una nueva multitud de madres esperando en la puerta del hospital con sus hijos en brazos, como si llevaran no solo un cuerpo enfermo, sino el peso entero de la humanidad.

Gambo me recuerda a una estación perdida en el tiempo, a un puerto sin mar, a una aldea suspendida entre la tierra y el cielo, donde la muerte no llega vestida de tragedia, sino de rutina: una fiebre que sube, una tos que se hunde en el pecho, una diarrea que vacía la vida, una desnutrición que va apagando a los niños con la discreción cruel de una vela consumida por dentro.

Y, sin embargo, nunca he conocido un lugar tan lleno de vida.

Porque en Gambo la vida no grita: resiste.

Resiste en las madres que caminan durante horas bajo el sol con el hijo pegado al pecho, envuelto en una tela de colores, como si el amor pudiera hacer de ambulancia. Resiste en los niños que llegan con la mirada hundida y aun así conservan, en algún rincón secreto de sus ojos, una chispa mínima, una brasa sagrada, una promesa de regreso. Resiste en las enfermeras que aprenden, en los médicos que no se rinden, en los trabajadores que sostienen el hospital cuando todo parece a punto de caer.

Gambo me recuerda a una larga noche de guardia en la que uno empieza creyendo que va a luchar contra la enfermedad y termina descubriendo que su verdadera batalla es contra la indiferencia.

Allí aprendí que la pobreza no es solo la falta de dinero.

Es la distancia.
La distancia hasta un diagnóstico.
La distancia hasta un antibiótico.
La distancia hasta una transfusión.
La distancia hasta una cama libre.
La distancia hasta una oportunidad.

La pobreza es ese abismo invisible que separa a un niño que puede vivir de un niño que muere antes de tiempo.

Durante años, la sala de pediatría de Gambo fue para mí como un corazón demasiado pequeño intentando bombear toda la sangre del mundo. Dos niños por cama. A veces tres. Madres en el suelo. Llanto, fiebre, oxígeno, oración. Y en medio de aquel desorden sagrado, algo dentro de mí comenzó a cambiar para siempre.

Yo había llegado con la voluntad de curar.

Pero Gambo me enseñó que curar no basta.

Que hay que formar.
Que hay que empoderar.
Que hay que organizar la esperanza.
Que hay que convertir el dolor en sistema, la compasión en método, la ciencia en justicia, la fe en una herramienta de trabajo.

Porque Gambo no necesita héroes solitarios.

Necesita luces compartidas.

Necesita que cada enfermera sea más fuerte. Que cada centro de salud sepa responder. Que cada dispensario rural tenga una oportunidad. Que cada madre pueda llegar antes. Que cada niño sea visto no como una estadística, sino como un universo entero que todavía no ha terminado de nacer.

Gambo me recuerda que la verdadera cooperación empieza cuando uno deja de querer ser imprescindible.

Cuando comprende que no ha venido a brillar, sino a iluminar.
No a ocupar el centro, sino a encender caminos.
No a salvar vidas con sus propias manos, sino a multiplicar las manos capaces de salvarlas.

Y quizá por eso, después de tantos años, Gambo ya no es solo un lugar para mí.

Es una herida.
Una escuela.
Un altar.
Una promesa.

Gambo es el sitio donde comprendí que la fe no es una idea elevada, sino una decisión concreta tomada en mitad del cansancio. Es levantarse una vez más. Volver a la sala. Revisar a un niño. Consolar a una madre. Enseñar a un compañero. Empezar de nuevo cuando todo parecía perdido.

Gambo me recuerda que la alegría verdadera no nace de la comodidad, sino de la entrega.

Que el entusiasmo no es vivir sin dolor, sino vivir con una llama que el dolor no puede apagar.

Que uno no posee lo que guarda, sino lo que da.

Y que, al final, quizá la vida consista solo en esto:

llegar a un lugar olvidado,
dejarse transformar por su sufrimiento,
amarlo hasta que duela,
servirlo hasta que ilumine,
y descubrir, muchos años después,
que no fuimos nosotros quienes salvamos nada,
sino que fue aquel lugar,
con sus niños, sus madres, su polvo rojo y su esperanza invencible,
quien nos salvó a nosotros.

Gambo, el hospital donde el Amor hizo guardia actualidad África Colabora Cooperación Internacional Etiopía Gambo

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Gambo, el hospital donde el Amor hizo guardia actualidad África Colabora Cooperación Internacional Etiopía Gambo

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