Gambo, donde la medicina se convirtió en amor

Las raíces de una vocación. El lugar que cambió mi manera de entender la vida.
Hay lugares que no se abandonan jamás, aunque nos encontremos a miles de kilómetros de distancia. Lugares que dejan de ser un punto en el mapa para convertirse en parte de nuestra alma.
Para mí, ese lugar se llama Gambo.
Todavía recuerdo sus amaneceres. La niebla abrazando las montañas de Etiopía, el olor a tierra húmeda, los eucaliptos meciéndose con el viento y las primeras madres llegando al hospital con sus hijos en brazos.
Llegué a Gambo con una bata blanca, conocimientos médicos y el entusiasmo de quien sueña con cambiar el mundo.
Creía que iba a enseñar medicina. No sabía que Gambo iba a enseñarme a vivir.
Allí conocí la fragilidad de la vida en su expresión más desgarradora. Niños que luchaban por respirar, recién nacidos aferrándose a sus primeros minutos de existencia, madres que habían caminado durante horas para intentar salvar a sus hijos.
Conocí la impotencia de no disponer de un tratamiento que en otro lugar del mundo habría sido sencillo. Y el dolor inmenso de perder una vida que podría haberse salvado.
Pero también fui testigo de la grandeza humana.
Del primer llanto de un recién nacido que volvía a respirar. De la sonrisa de un niño recuperado de una desnutrición grave. De la alegría indescriptible de una madre que podía regresar a casa con su hijo vivo.
Aprendí de mis compañeros etíopes, de su entrega y su capacidad para cuidar incluso cuando casi todo faltaba. Aprendí de las madres, de su fortaleza. Y de las familias, de una generosidad que no necesitaba riqueza.
Llegué pensando en cuánto podía dar. Hoy soy consciente de cuánto he recibido y sigo recibiendo.
Gambo me enseñó que la medicina no consiste solamente en combatir enfermedades. Que detrás de cada diagnóstico hay una vida irrepetible, una familia, unos sueños y una dignidad infinita.
Que el trato importa tanto como el tratamiento.
Que no siempre podemos curar, pero siempre podemos cuidar.
Y que la medicina, en su expresión más profunda, es un acto de amor hacia quien sufre.
Allí mi vocación dejó de ser simplemente una profesión y se convirtió en una manera de comprender el sentido de la vida.
Descubrí que la fe también puede encontrarse en una mano que consuela, en una madre que no pierde la esperanza, en quien permanece junto a otro ser humano cuando todo parece perdido.
Quizá Dios habita precisamente allí donde alguien convierte el amor en cuidado.
Los años me han enseñado que no somos imprescindibles, que nuestros conocimientos tienen límites y que la verdadera cooperación comienza con la humildad de reconocer cuánto tenemos que aprender unos de otros.
Pero también me han dejado una convicción :
Ningún niño debería morir por haber nacido en el lugar equivocado.
Ninguna vida vale menos por tener menos oportunidades.
Y ninguna injusticia debería dejarnos indiferentes.
Regresamos a Gambo
Regresamos a sus montañas, a su tierra roja, a las personas que tanto nos han enseñado. A trabajar junto a quienes cada día sostienen la esperanza con sus propias manos.
Regreso con menos certezas, pero con una fe más profunda en la bondad humana. Con más conciencia de mis limitaciones, pero con la misma determinación de seguir sirviendo.
Porque Gambo me enseñó que la grandeza de una vida no se mide por lo que acumulamos, sino por el amor que somos capaces de entregar.
Que no hemos venido al mundo únicamente para vivir, sino también para ayudar a otros a vivir.
Y que quizá el mayor privilegio de nuestra existencia sea poder convertir una pequeña parte del sufrimiento ajeno en esperanza.
Llegué a Gambo para cuidar vidas.
Y fueron aquellas vidas las que transformaron la mía.
volvemos. Regresamos, al lugar donde mi corazón nunca abondonó.
Porque hay lugares donde aprendemos una profesión.
Y hay lugares donde descubrimos para qué merece la pena entregar la vida.
Gambo es mi lugar.
Iñaki Alegría
La Mirada de Iñaki Alegría
Pensar con bondad. Transformar con esperanza. Servir con entusiasmo.

