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El problema de NO poder lavarse las manos, más allá del Coronavirus COVID19

El problema de NO poder lavarse las manos, más allá del Coronavirus COVID19

 

3.000.000.000 personas no pueden lavarse las manos con agua y jabón en su casa.

Estos días estamos hablando más que nunca de la importancia de lavarse las manos, de cuando hacerlo y cómo hacerlo.
Pero… ¿qué sucede cuando más de 3.000.000.000 personas no pueden lavarse las manos con agua y jabón en su casa?

Según el Programa de Monitoreo Conjunto (JMP) de la Organización Mundial de la Salud y Unicef 3.000 millones de personas en el mundo no disponen de instalaciones para lavarse las manos con agua y jabón en su hogar. En África subsahariana, el 63% de las personas que viven en zonas urbanas no pueden hacerlo: no hay datos demasiado fiables sobre la situación en comunidades rurales, pero sin duda serán mucho peores.

Lavarse las manos, pero no solo para evitar el contagio por el Coronavirus, sino otras enfermerdades como Rotavirus, Norovirus, Shigellosis, fiebre tifoidea, cólera, sarampión…. Que todos los países de África matan mucho más que el Coronavirus, y además se lleva por delante a los más inocentes, a las niñas y niños menores de cinco años.

 

Valga esta historia para levantar la mirada, para alzar la mirada más allá de nuestro ombligo…

 

—¿Dónde está Eftu?— pregunto al entrar en la sala de pediatría del hospital.

El astro rey anuncia un nuevo día para los más afortunados, para otros será el último. Cientos de madres con sus hijos esperan ser visitadas. No me he parado a contarlas. Estoy demasiado preocupado en busca de Eftu.

—¿Dónde está Eftu?—, pregunto de nuevo.

Pienso en Eftu. Por la noche apenas pude conciliar el sueño. Cerraba los ojos y aparecía con total nitidez su mirada. Me levanté. Encendí una vela, pues se había ido la luz, cogí una libreta y empecé a escribir. Empecé a escribir lo que sentía, la angustia, la rabia, la impotencia… No me puedo quitar de la cabeza la primera vez que lo vi, entrando por la puerta, en brazos de su madre, gravemente enfermo. Apenas me pude fijar en la madre; mis ojos se centraron en el pequeño niño que miraba sin ver.

Eftu tenía un aspecto medio moribundo, dos o tal vez tres años de vida, pero sin fuerzas para sostenerse en pie. Su madre lo sujetaba en el regazo, con la mirada triste, perdida, casi sin esperanza, casi… Aún tenía algo de esperanza. Recuerdo cómo tomé una cinta métrica pintada con tres colores, rojo, amarillo y verde y se la puse a nivel de la parte superior del brazo para medir el perímetro braquial y evaluar el estado nutricional. Ajusté la cinta al pequeño bracito y leí el resultado tembloroso. Rojo y 8,2 centímetros, ese era el resultado. Eftu presentaba una desnutrición aguda severa.

Mientras lo examinábamos, un líquido amarillento mojó toda mi bata blanca. Pensé que había orinado, pero la madre me dijo que no era orina, eran heces. Eftu tenía una diarrea que era agua. Apenas podías diferenciar la orina de las heces. Heces de orina le llaman. La situación de Eftu es agónica.

Esta deplorable situación, favorecida por la extrema debilidad como consecuencia de no haber comido decentemente nunca, era causada por una diarrea, seguramente por beber agua contaminada. Evitable. Todo evitable. ¿Por qué sucede? ¿Por qué?

¿Por qué? Me pregunto sin encontrar respuesta en mí. El silencio me acompaña mientras recorro sus vidas con mi mente. Finalmente, oigo una débil respuesta, aquella que sospechaba pero que no quería escuchar:

—Ha muerto.

Se me hiela el corazón. No puedo aceptarlo. No quiero.

La sospecha se confirma. Ha muerto de una enfermedad evitable, ha muerto cuando no tenía que morir, ha muerto cuando tenía toda la vida por delante. Eftu podría haber ido a la escuela, podría haber estudiado medicina, podría haber trabajado aquí curando a su pueblo. Podría haber vivido… Ha muerto por una injusticia social.

Pero ha muerto.

Me invade un sentimiento de rabia, impotencia… Que no desearía a nadie. No entiendo nada. No sé qué hacer. La situación me supera. Sé que… No puedo volver a ser el mismo. No puedo permanecer indiferente. No puedo permitir que sigan muriendo niños cuando no deberían morir, por enfermedades que tienen cura, tratamiento, prevención.

Hay que hacer algo.

Puedo hacerlo.

Voy a hacerlo.

Aquí empieza mi historia.

No lo sabía todavía, pero mi vida iba a cambiar.

Para que ellos puedan tener historia, para que ellos puedan escribir su historia.

 

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