Volver a pasar por el corazón

Volver a pasar por el corazón

Reflexión inspirada en el libro La conciencia artificial” de Mercè Conangla y Jaume Soler

 

Una IA almacena datos; las personas guardamos sentimientos, recuerdos.

Delegar el recuerdo en máquinas que no sienten empobrece algo más que nuestros archivos.

 Tras catorce años ejerciendo la pediatría en este hospital rural de Oromía, mi memoria no conserva un expediente ordenado, sino un puñado de instantes: el olor agrio de un vómito impregnado en la ropa de un niño, la mezcla de llantos y quejidos de una sala de espera abarrotada, una mano agradecida. No recuerdo fechas ni diagnósticos con precisión de registro. Recuerdo lo que aquello significó, lo que me hizo sentir.

Esa es la diferencia. Los sistemas de inteligencia artificial procesan información sin emoción y no distinguen entre lo vivido y lo leído, porque nada han vivido. Tampoco entre lo trivial y lo vital: para un algoritmo, el menú de ayer y la muerte de un ser querido son cadenas de texto de idéntica categoría. Todo se guarda sin contexto afectivo. Y sin ese contexto desaparece la jerarquía que da forma a una vida, la que permite saber qué importa y qué no.

La IA no puede recordar

Recordar es volver a pasar por el corazón

Recordar viene del latín recordari, y su raíz es cor, corazón: recordar es, etimológicamente, volver a pasar por el corazón. Nuestros antepasados no concebían la memoria como un depósito, sino como un regreso afectivo a lo vivido. Una máquina puede recuperar un dato, pero no puede volver a sentirlo, y por eso no recuerda: almacena.

 

Tampoco protege: nuestra memoria suaviza, aplaza y vela lo que todavía no podemos soportar, como un modo discreto de cuidarnos. No reinterpreta, y nosotros sí: lo que a los treinta años fue un fracaso puede revelarse a los cuarenta como el origen de una vocación. Y no olvida. Olvidar no es un defecto del diseño humano, sino una de sus virtudes más finas. Olvidamos lo accesorio para que lo esencial se distinga, el rencor para poder reconciliarnos, el detalle para quedarnos con la lección.

Una delegación con precio

Sin embargo, la delegación avanza con naturalidad. Fechas, rostros, conversaciones, fotografías y decisiones se confían a dispositivos que los guardan con fidelidad admirable e indiferencia absoluta. La comodidad es indudable; el coste, menos visible. Integrar una experiencia exige un trabajo interior lento y a menudo incómodo: repasarla, narrarla, relacionarla con otras, dejar que se asiente. Ese proceso convierte un suceso en aprendizaje y un aprendizaje en identidad. Si lo externalizamos por completo, la información se conserva, pero el significado se empobrece. Quedará el álbum, no el recuerdo; la biblioteca, no la lectura.

El riesgo de la memoria perfecta

No se trata de rechazar la tecnología, aliada valiosa para guardar lo que merece ser guardado, sino de no confundir las funciones. A las máquinas podemos encomendarles los datos. Lo que no podemos delegar sin perdernos es el sentido: la emoción que jerarquiza, el olvido que libera, la reinterpretación que permite crecer.

Quizá la pregunta pertinente no sea qué puede recordar una máquina, sino qué merece la pena que sigamos haciendo pasar por el corazón. Esa fragilidad, la de una memoria que duele, que cambia y que se apaga, no es una carencia que la técnica deba corregir. Es lo que da valor a lo que recordamos.

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