Si nos arrodillásemos más

Si nos arrodillásemos más, todo iría mejor

Si nos arrodillásemos más actualidad África Etiopía

A veces, la lección más grande no está en los libros ni en los diagnósticos. Está en un gesto simple, en un movimiento que nos lleva del orgullo a la entrega, del poder al servicio: arrodillarse.

Me arrodillo porque quiero ver a los ojos a quien sufre, sin barreras, sin distancias. Porque no quiero hablar desde arriba ni imponer mi saber cómo una sentencia.

Me arrodillo porque el dolor se comprende mejor desde el suelo, desde donde yace el miedo, desde donde el mundo parece inmenso y la esperanza, pequeña.

He visto el milagro de la humildad.

He visto cómo una madre aferraba mi mano con fuerza cuando, en lugar de mirarla desde la distancia, me senté a su lado y compartí su angustia. He sentido la paz en los ojos de un niño que, tembloroso, dejó de llorar cuando mi rostro quedó al nivel del suyo, cuando entendió que estaba allí para cuidarlo, no para examinarlo.

Si nos arrodillásemos más, todo iría mejor.

No porque bajemos, sino porque elevamos al otro.

No porque perdamos, sino porque ganamos humanidad.

No porque renunciemos a nuestro conocimiento, sino porque lo ponemos al servicio de quienes más lo necesitan.

Me arrodillo porque quiero aprender de quienes sufren. Porque la medicina no se trata solo de salvar vidas, sino de honrarlas. Y porque solo cuando estamos al mismo nivel, podemos realmente escuchar su historia, entender su miedo, compartir su carga.

Que caiga el ego. Que suba la dignidad y el respeto. Que la medicina vuelva a ser lo que siempre debió ser: un acto de amor.

Me arrodillo porque la medicina no es una cima desde la que se observa a quien sufre, sino un camino que se recorre junto a él.

Me arrodillo porque el que padece no necesita que lo miren desde arriba, sino que lo escuchen desde cerca, que lo sostengan desde su propia altura.

He visto cómo un niño, con los ojos llenos de miedo, dejaba de temblar cuando me sentaba a su lado en el suelo. He sentido cómo una madre, agotada por la angustia, recuperaba la fuerza cuando comprendía que su dolor era compartido.

Arrodillarse es un acto de amor. Es decirle al otro: “Estoy aquí por ti y para ti”. Es reconocer que el verdadero centro de la medicina no es el médico, sino la persona que sufre.

Que caiga el ego, que se eleve la humanidad. Que la medicina vuelva a ser lo que siempre debió ser: un acto de amor al servicio de quien más lo necesita.

El paciente no debería ser un espectador de su propia enfermedad, sino el protagonista de su sanación.

El paciente dejaría de ser paciente. Dejaría de esperar, de soportar, de resignarse. Porque no está ahí para aguardar un diagnóstico, sino para ser escuchado, acompañado y atendido con el respeto que merece. La medicina no debe girar en torno a quien la ejerce, sino a quien la necesita.

Cuando me arrodillo junto a un niño enfermo, cuando tomo la mano de una madre desesperada, cuando miro a los ojos a quien sufre, la única pregunta que tiene sentido es: ¿Cómo te puedo servir?

Porque la medicina no es un poder, es una entrega. No es una ciencia fría, es un acto de amor. No es solo salvar vidas, es darles dignidad.

Que se caigan los muros de la indiferencia. Que se levante la humanidad. Que arrodillarse no sea un signo de debilidad, sino de grandeza. Porque solo quien se pone al servicio del otro, comprende el verdadero significado de la medicina.

Perder el miedo a arrodillarse es perder el miedo a servir. Es entender que no hay vergüenza en inclinarse ante quien sufre, sino grandeza. Es comprender que la verdadera fortaleza del médico no está en el conocimiento que acumula, sino en el amor con el que lo entrega.

 

El Superpoder de la Formación para Salvar Vidas en Etiopía

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Héroes Invisibles: Etiopía, Hospital de Gambo. Documental RTVE La 2

 

«La educación sanitaria es el antídoto contra la desigualdad.»

 

«Formar hoy para salvar mañana.»

8 comentarios en “Si nos arrodillásemos más”

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