La fuerza de darlo todo

Entré en la sala de urgencias, y el aire denso de la tarde me golpeó como un muro. Ahí estaba ella: una niña de apenas tres años, con los ojos hundidos y la piel pegada a los huesos. Su pequeño cuerpo luchaba entre la vida y la muerte. Malaria cerebral y desnutrición severa, un cóctel devastador que estaba ganando la batalla.

Su madre me miró con desesperación. No dijo nada, pero sus ojos gritaban.

«Haz algo. Sálvala.»

Respiré hondo. Este no era mi primer caso así, pero cada niño que atendía me desgarraba como si lo fuera. Su nombre era Alem, «mundo» en amhárico. Qué ironía pensar que todo su mundo estaba reducido a ese catre desvencijado y al sonido monótono del monitor que registraba sus latidos cada vez más débiles.

Iniciamos el tratamiento antimalárico y la rehidratación, pero su cuerpo apenas respondía. Las horas pasaban, y con cada una, Alem parecía hundirse más. Sabía que el tiempo no estaba de nuestro lado. Y entonces, la llamada de emergencia: sus análisis indicaban que necesitaba una transfusión de sangre inmediata.

En Gambo, conseguir sangre es un lujo. No hay bancos de sangre; dependemos de donantes disponibles en el momento. Miré a mi alrededor, pero todos los posibles donantes ya habían sido descartados. Mi corazón se apretó. No iba a dejarla morir sin luchar.

—Hacedme la prueba —dije.

El técnico de laboratorio dudó. Sabía que ya estaba agotado, que llevaba días durmiendo apenas unas horas. Pero insistí. Minutos después, el resultado: mi sangre era compatible.

Mientras me preparaban, sentí una mezcla de miedo y esperanza. No era la primera vez que donaba sangre, pero hacerlo bajo estas circunstancias tenía un peso diferente. Me quedé mirando a Alem desde el otro lado de la sala. Su pequeño pecho subía y bajaba débilmente, pero estaba viva. Y mientras estuviera viva, yo no me rendiría.

Sentí el pinchazo de la aguja, y la vida fluyó de mí hacia la pequeña bolsa que, en breve, sería su salvavidas. Mis ojos se llenaron de lágrimas, no de dolor, sino de algo más profundo: la certeza de que estaba haciendo lo correcto.

Cuando la transfusión comenzó, vi un leve cambio. Su respiración se estabilizó un poco, y su temperatura, que había estado peligrosamente baja, empezó a subir. Sabía que no estábamos fuera de peligro, pero aquello era un primer paso.

Pasé la noche junto a su cama, vigilando cada signo, cada pequeña mejora. No podía dormir. No quería. Me aferré a su mano diminuta y sentí su calor débil, pero real.

A la mañana siguiente, Alem abrió los ojos. Fueron solo unos segundos, pero en ellos vi algo que me partió el alma: una chispa de vida.

Luchamos juntos durante días.

La malaria cedió, la alimentación terapéutica empezó a hacer efecto, y poco a poco, Alem recuperó fuerzas. El día que pudo sonreír por primera vez, sentí como si el mundo entero se iluminara.

Darlo todo no es solo una frase. Es un acto. Es dejarte el alma, el cuerpo, y hasta la sangre si hace falta. Porque cuando miras a los ojos de alguien que vuelve a la vida gracias a ese esfuerzo, sabes que no hay mayor recompensa.

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