Volver a nacer
Testimonio de Selam, madre de Gambo y ahora agente de salud comunitaria
“Aquella noche parecía una sentencia. Las contracciones comenzaron con fuerza y supe que no llegaría a tiempo al hospital. No había luz, las mulas estaban lejos, y mi marido y yo tomamos una decisión: daría a luz en el centro de salud del pueblo. Era mi tercer parto, pero esta vez todo era distinto. La niña no lloraba. La saqué de mi cuerpo con un grito de dolor, pero ella… ella no respiraba. Estaba quieta. Silenciosa. Sin vida.”
Recuerdo mi llanto desgarrado, la desesperación de mi marido, el miedo en los ojos de mi madre. Allí, dos matronas salieron corriendo. No tenían nada más que sus manos, sus conocimientos, y su determinación. Habían sido formadas por Alegría Sin Fronteras, y aplicaron todo lo aprendido. Se arrodillaron en el suelo y lucharon por mi hija. Yo me arrodillé con ellas.”
No sé cuántos segundos pasaron, pero de pronto escuché un sonido que jamás olvidaré: un gemido suave, luego un llanto. Mi hija estaba viva. Le pusimos por nombre Hiwot, que significa ‘vida’. Pero nuestra historia no terminó ahí. Nació con bajo peso, prematura, frágil.
Nos derivaron al Hospital Rural de Gambo, donde nos acogieron como si fuésemos parte de una gran familia. El personal no solo la cuidó con profesionalidad, sino con una ternura que me sostuvo cuando mis piernas no podían más.
En la Unidad Neonatal vi a mi hija despertar poco a poco al mundo.
Me enseñaron el método canguro, a alimentarla con una jeringa, a mirarla a los ojos para decirle:
‘estás aquí, y lucharemos juntas’. En esos días oscuros, encontré también mi luz.
Una enfermera me dijo:
‘Tú también puedes salvar vidas, como hiciste con tu hija. Te formaremos’. Así comencé un nuevo camino.”
Hoy soy agente de salud comunitaria.
Voy casa por casa enseñando a otras madres a reconocer los signos de peligro en el embarazo, a acudir al centro de salud, a no tener miedo de hablar, de pedir ayuda, de soñar con un futuro para sus hijos. Cada vez que tomo el brazo de un niño para medir su perímetro braquial, pienso en Hiwot. Ella es mi fuerza, mi maestra silenciosa.”
Gracias a Alegría Sin Fronteras, no solo mi hija volvió a la vida. Yo también. Me rescataron de la resignación, del silencio. Me convirtieron en una mujer empoderada, en una madre valiente, en una heroína cotidiana de mi comunidad. Ahora sé que dar vida no debe costar una vida. Y haré todo lo que esté en mis manos para que ninguna otra madre pase por lo que yo viví.
Porque Hiwot vive. Porque yo también. Y porque juntas, seguimos salvando vidas.”






