No pude hablar, así me rompió el alma el relato del Dr. Raúl Incertis desde Gaza
Aún estoy impactado.
He tenido el honor, y el peso emocional, de entrevistar al Dr. Raúl Incertis, a quien invité para que compartiera su experiencia reciente en uno de los principales hospitales de Gaza, en medio de un genocidio que está arrasando vidas, familias completas y un sistema sanitario colapsado.
Creía estar preparado para escuchar dureza, pero lo que dijo superó cualquier expectativa.
Me quedé sin palabras.
La entrevista, prevista inicialmente para apenas treinta minutos, se alargó mucho más de lo imaginado. Nadie en la sala movió un músculo. Estábamos en un silencio absoluto, como si el aire mismo se hubiera detenido. Era imposible cortar aquel relato; no se podía interrumpir el dolor, ni poner límite a la verdad. Era necesario seguir escuchando.
Raúl hablaba con una humildad desarmante, con una sencillez casi dolorosa. Con palabras claras y cotidianas nos trasladó directamente a Gaza: a la vida de médicos exhaustos trabajando turnos interminables en hospitales completamente colapsados; a pasillos repletos de heridos y amputados; a familias rotas que han perdido todo; a padres y madres quebrados por enterrar a sus propios hijos, en contra de la ley más elemental de la naturaleza.
Lo escuchábamos describir cómo atendía a mutilados, amputados, heridos de bala, niños arrancados de entre escombros… y cómo, entre todos esos horrores, un caso lo sigue persiguiendo: el de un hombre que perdió a sus nueve hijos tras el bombardeo de su casa. Nueve. Mientras lo relataba, sentí cómo se me encogía el pecho. No existe palabra que abarque un dolor así.
Pero si algo remarcó una y otra vez fue la fuerza, la sensibilidad y la resistencia de sus compañeros y compañeras gazatíes.
Profesionales sanitarios que, a pesar de haber perdido sus hogares, de sobrevivir en tiendas de campaña sin apenas comida, sin agua, sin descanso, continúan trabajando turnos de 24 y 48 horas para salvar a sus vecinos, amigos y familiares. Médicos y enfermeras que hace unos meses vivían una vida normal y hoy operan bajo bombardeos, sin material, sin luz, sin tregua.
Raúl habla con ellos a diario. Son su referencia, su impulso, “los héroes silenciosos” —dijo— que sostienen lo que queda del sistema sanitario en medio de este genocidio.
Yo solo podía escuchar.
Sentía que cualquier palabra mía era insignificante frente a la magnitud de lo que estaba narrando. Su testimonio nos atravesó a todos. Era una herida abierta que necesitábamos mirar, sin filtros ni interrupciones.
Hoy tengo más claro que nunca que no podemos mirar hacia otro lado. Que estos relatos no deben quedarse entre cuatro paredes. Que contarlos es una obligación moral.
Salí de la entrevista con un nudo en la garganta que todavía no consigo deshacer.
Pero también con una convicción profunda:
debemos dar voz a quienes resisten, a quienes curan, a quienes aman en medio del horror. Debemos actuar, con humanidad y sin excusas.
En Gaza, cada día importa. Cada vida importa.
Y con palabras claras:







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