No estamos aquí para aceptar lo que no se puede cambiar, sino para cambiar lo que no se puede aceptar

No estamos aquí para aceptar lo que no se puede cambiar, sino para cambiar lo que no se puede aceptar

 

Aceptar es, en muchos sentidos, una virtud. Aceptar los límites de la naturaleza, los ritmos de la vida, la certeza de la muerte, nos ayuda a vivir con humildad y a reconciliarnos con lo que no depende de nosotros. La aceptación, en su justa medida, es fuente de paz.

Sin embargo, la historia humana demuestra que, bajo el mismo pretexto de “inevitabilidad”, se han ocultado formas de injusticia y de opresión que no debieron jamás ser aceptadas. A menudo, se nos invita a la resignación disfrazándola de madurez, a la pasividad bajo la apariencia de prudencia, o al silencio en nombre de una supuesta paz social. Y ahí reside el peligro: cuando aceptamos lo inaceptable, nos convertimos en cómplices de aquello que decimos lamentar.

La pobreza estructural, la desigualdad extrema, la violencia de género, la exclusión social, la devastación del planeta… son realidades que, de tan habituales, corren el riesgo de parecernos “naturales”. Pero no lo son. Permanecen, más que por la imposibilidad de transformarlas, porque demasiadas veces se nos ha convencido de que son inmutables.

No obstante, cada avance significativo en la historia de la humanidad se ha forjado precisamente en la negativa a aceptar lo intolerable. La abolición de la esclavitud, el reconocimiento de derechos fundamentales, la conquista del voto universal, la erradicación de enfermedades, son hitos que nacieron del atrevimiento de quienes se levantaron contra lo que parecía eterno. Eran conscientes de que la tarea sería ardua, a menudo peligrosa, pero también sabían que una injusticia consentida se multiplica, mientras que una injusticia denunciada puede empezar a desmoronarse.

Hoy, el mundo nos coloca frente a un espejo claro: Gaza. Allí no hablamos solo de destrucción, ni únicamente de sufrimiento humano; hablamos de un genocidio que no podemos aceptar ni negar. Cada escuela arrasada, cada hospital atacado, cada niño privado de su derecho a la vida nos grita que lo inaceptable no se debate en términos de conveniencia política: se denuncia, se combate y se transforma. Callar frente a Gaza no es neutralidad, es complicidad.

No estamos aquí, por tanto, para resignarnos ante lo que “no se puede cambiar”. Nuestra misión, como seres humanos y como sociedad, es otra: discernir con claridad lo que no puede ser aceptado y trabajar, con todas nuestras fuerzas y talentos, para transformarlo. El conformismo es enemigo de la esperanza; la acción, en cambio, es la forma más elevada de fe en la dignidad humana.

La verdadera grandeza no consiste en aceptar dócilmente un mundo injusto, sino en contribuir, desde nuestro lugar, a que otro mundo sea posible. Porque lo que no se puede aceptar, lo que hiere la vida y la dignidad de las personas, exige ser cambiado. Y mientras quede en nosotros una chispa de conciencia y de compasión, esa transformación seguirá siendo no solo posible, sino necesaria.

19 comentarios en “No estamos aquí para aceptar lo que no se puede cambiar, sino para cambiar lo que no se puede aceptar”

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