A quién debo dejar morir

¿A quién debo dejar morir?

 

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– Doctor, ¿a quién puedo retirar el oxígeno?

– A nadie, tenemos cuatro cilindros de oxígeno y tenemos conectados 12 niños que necesitan el oxígeno para sobrevivir. No se lo podemos retirar a nadie.

– Doctor, nos acaba de llegar a urgencias una niña de 2 años que está utilizando todas todas sus fuerzas para poder respirar. Necesita oxígeno de manera urgente o se morirá en las próximas horas-

– Rápido, debemos priorizar. Vamos a reevaluar de manera urgente los 12 niños y se lo retiramos al que esté mejor de todos, al que pensamos que pueda aguantar.

 

Esta una conversación que tenemos a diario en Gambo. No es por la pandemia de COVID19, no es una situación excepcional. No. Se trata de la normalidad de un hospital que vive a diario al límite de sus recursos.

 

Si trabajas un día al 300% de tu capacidad

eres un héroe.

Si lo haces una semana también…

pero si lo haces toda tu vida

entonces eres nada, eres nadie,

eres el de siempre o el de nunca, el olvidado.

 

Estas palabras van dedicadas a ellas y ellos,

quienes trabajan cada día más allá de sus posibilidades…

las olvidadas, las silenciadas.

 

Nadie “es” si prohíbe que otros “sean”

Paulo Freire

 

-Doctor Iñaki, doctor Iñaki.

Un estruendo me despierta. Me levanto de un salto de la cama. Miro el reloj: son las dos de la madrugada. Me acerco a la puerta mientras mi mente empieza a repasar los algoritmos de reanimación, convulsiones, shocks y otras urgencias habituales. La experiencia me dice que alguno habrá que poner en práctica. Al abrir la puerta un haz de luz de linterna me ciega. Es la linterna del enfermero, el único punto luminoso en la negra noche.

-Doctor, rápido a sala de partos. Hay una emergencia.

-¿Qué ha pasado?

-¡Corre doctor! ¡Corre!

Entiendo que no hay tiempo que perder y que cada pregunta son segundos perdidos ante un bebé que acaba de nacer sin realizar su primera respiración. El enfermero que ha acudido corriendo a llamarme a la puerta no me lo ha dicho, pero intuyo que es lo más probable. Sé que de mi velocidad corriendo depende una vida. Cada segundo de asfixia es una bofetada de la muerte.

Recorro lo más rápido posible volando sobre mis pies, los escasos metros que separan mi cuarto de la sala de partos del hospital. En cuanto llego exclamo: “¡Oxígeno! ¡Conectad el oxígeno!”, mientras tomo en mis manos el aparato para reanimar. Se trata de una mascarilla que coloco cubriendo la boca y nariz del recién nacido y la sello con mis dedos de manera hermética. Mientras, con la otra mano, comprimo la bolsa que lleva conectada provocando una insuflación de aire hacia los pulmones del recién nacido. Repito la maniobra. Nada. El cuerpo sigue inerte, azulado, sin movimiento.

-Mulu, acércate. Coloca tus pulgares sobre el pecho del bebé a la altura del corazón y cuando te diga, comprime el pecho. – y dirigiéndome a la matrona – Vamos a bombear su corazón simulando el latido. –

-De acuerdo – afirma la joven matrona.

-Ahora presiono la bolsa e insuflo aire. A continuación, comprime.

-Sí

 

Pasan los minutos, pasa la vida, y llega la muerte.

Con la mirada apagada me dirijo a la mujer recién estrenada la maternidad y ahora ya planeando el funeral:

 

-Mamá… – un hilo de voz se escurre entre mis labios.

-Aquí estoy – responde ella.

-Lo… siento… Ha muerto… – susurro de manera entrecortada y con lágrimas en los ojos.

-Es la voluntad de Dios. Has hecho todo lo que has podido. – me anima la madre que acaba de perder a su hija recién nacida.

Sus palabras no me tranquilizan. Sé que Dios no puede querer la muerte de un inocente. Ha muerto de una injusticia. Una muerte evitable.

-¿Cómo se llama? – pregunto buscando la empatía de la mujer.

-Todavía no tiene nombre, sabía que podía morir. – me responde con una indiferencia que me aterra.

En efecto era muy elevado el riesgo de morir. Su madre, Momina, no quería ponerle el nombre, no quería ponerle corazón. Iba a llorar y no es lo mismo llorar un número que un nombre. Lo que para mí es un nuevo día, para ella ha sido su primer día, en realidad sus primeras horas y las últimas.

En ocasiones la diferencia entre la vida y la muerte es un segundo… un segundo… menos de lo que has tardado en leer la palabra. En este tiempo muere una vida, nace otra. Ya nada volverá a ser como antes. Quizá no te guste, quizá desearás cambiarlo, quizá… pero así es la vida. Un segundo tarde, un segundo antes, una acción, una omisión… sea lo que sea… la barrera es muy fina y el tiempo breve. Y la vida… te preguntas… ¿qué es la vida? ¿qué es mi vida? Y te das cuenta de que es más frágil de lo que pensabas. Sin embargo, hay que caminar con firmeza. La vida a veces es caminar de puntillas al filo de un hilillo que no sabes si se romperá al siguiente segundo con la confianza de que estás pisando el firmamento más estable. Un segundo. Ya han pasado muchos segundos desde que empecé a escribir. Parece que nada haya cambiado cuando todo ha cambiado. Alguien ha muerto, alguien ha nacido. Una sonrisa, un llanto, un “te quiero”, un “adiós.” La vida se condensa. La muerte la estruja.

Son poco más de las cuatro de la madrugada. Apenas he dormido unos minutos esta noche. Podría regresar a mi cuarto a descansar o tumbarme, o cerrar unos párpados que luchan contra la gravedad pero no puedo dormir. Enciendo la vela que alumbra la esquina de mi cuarto, tomo un papel y me pongo a escribir:

“Me invade un sentimiento de rabia e impotencia que no desearía a nadie. Me cuesta entender. No sé qué hacer. La situación me supera. Sé que… no puedo volver a ser el mismo, no puedo permanecer indiferente, no puedo permitir que sigan muriendo niños cuando no deberían morir. Hay que hacer algo. Puedo hacerlo. Voy a hacerlo.”

 

Nunca olvidaré esas palabras. Nunca olvidaré ese día. No lo sabía aún pero mi vida iba a cambiar.

Puedo pensar que ha muerto por una asfixia y es verdad, aunque en realidad tan solo media verdad. Ha perdido la vida debido a que su madre no se ha podido realizar un control del parto por no poder acceder al hospital, por vivir demasiado lejos y no poder desplazarse. En realidad, ha muerto por una injusticia social.

Aquí empieza mi historia.

Cierro los ojos, abro el corazón, dejo volar mis sentimientos, mis miedos, mis angustias, mis esperanzas, mis sueños y acabo por encontrar la estrecha puerta de reposo para mi mente. Sigo escribiendo. Y dejo que la oscuridad invada mis sueños:

“Emergencia. Reanimación. Alegría. Sangrado. Taquipnea. Disnea. Oxígeno. Respiración. Monitor. Respirador Gasping. Muerte. Oxígeno.   Pandemia. Alarma. En cuestión de días, la pandemia lo llenó todo o lo silenció todo haciendo desparecer todo de nuestra mente cuando en realidad seguía allí.

 

 El hospital está lleno. No hay camas. Es lunes. Por delante queda todo el día, toda la noche. Toda la semana. No queda más que doblar las camas.

 

20 ingresos en pediatría, 6 partos, 2 cesáreas, 3 reanimaciones, 4 desnutridos. 2 muertes.

Me levanto. Sé que debo descansar para estar preparado para el próximo día. Puedo pronosticar un nuevo infierno en vida, nuevas emergencias en medio de emergencias, pero mi mente no puede descansar. Me levanto.”

            Quiero que este libro no te deje indiferente, que no permitamos que muera ni una persona ante la pasividad y olvido. Cuando muere una mujer en el parto, es evitable. Cuando muere un niño por hambre o por sarampión o diarrea, es evitable.

Si es evitable, hagámoslo evitable.

 “Hoy mamá ha muerto. O tal vez fue ayer, no sé.”

Albert Camus

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4 comentarios en “A quién debo dejar morir”

  1. Les experiències que expliques són molt dures. Se m’encongeix el cor i em fan saltar alguna llàgrima estant a Cardedeu, a 6000 km de distància, com no puc patir pels que esteu a tocar i les vides es queden a les vostres mans? Milers d’agraiments per les vides que salveu.

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