Gracias Dr Abraham, Gracias maestro, Gracias


Gracias, maestro,
por tus días y tus noches en Gambo,
donde dos y tres niños compartían una cama,
donde casi cien pequeños esperaban tu visita cada día,
y las urgencias parecían no tener fin.
Gracias porque, aun en medio del caos,
cuando todo era exceso y desbordaba,
tú mantenías la calma y la serenidad,
con la entrega intacta,
siempre dispuesto a todo.
De ti aprendí que la medicina no cabe en un horario,
que un médico es 24/7,
día y noche,
cansado y de pie,
cuando ya no hay fuerzas,
y aun así, se sigue.
Aprendí que la grandeza no está en salvar multitudes,
sino en cuidar de cada niño como si fuera único.
Aprendí que curar es amar,
y que amar es nunca rendirse.
Gracias, Dr. Abraham,
porque tu ejemplo encendió mi vocación.
Gracias porque tu luz sigue viva en Gambo,
en cada niño que hoy respira,
en cada médico que hoy sueña,
en cada paso de este camino que tú me mostraste.
Gracias, mi Maestro.
Descansa en Paz.






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