El milagro es transformar la guerra en Paz

El milagro de transformar la guerra en paz

Hay momentos en los que mirar el mundo duele.

 

Duele contemplar el sufrimiento de Etiopía, una tierra de extraordinaria riqueza, belleza, espiritualidad y dignidad, herida demasiadas veces por la violencia. Duele pensar en las familias separadas, en las personas obligadas a abandonar sus hogares y en tantos niños que aprenden demasiado pronto el significado del miedo.

Detrás de cada noticia hay una vida. Hay una madre que espera. Un padre que intenta proteger a su familia. Un niño que desea volver a jugar. Una persona que, como cualquiera de nosotros, necesita sentirse segura, querida y acompañada.

Cuando escuchamos hablar de una guerra, podemos caer en la tentación de verla como algo lejano. Como un conflicto que pertenece a otros, a personas cuyos nombres desconocemos y cuyas ciudades quizá nunca visitaremos. Pero el sufrimiento humano nunca debería resultarnos ajeno.

Cada herida provocada por el odio hiere un poco a toda la humanidad.

Por eso creo que el verdadero milagro no consiste en derrotar a un enemigo. El verdadero milagro es dejar de verlo como enemigo.

El milagro es transformar el odio en amor y la guerra en paz.

Puede parecer una frase sencilla, casi imposible frente al ruido de las armas. Sin embargo, toda paz comienza con algo pequeño: una persona que decide no responder al odio con más odio; alguien que se atreve a escuchar; una mano que permanece abierta cuando todo invita a cerrar el corazón.

La paz no nace únicamente de los grandes acuerdos. También nace dentro de nosotros.

Nace cuando renunciamos a tener siempre la razón. Cuando intentamos comprender antes de juzgar. Cuando reconocemos nuestra propia fragilidad en la fragilidad del otro. Cuando descubrimos que, detrás de las diferencias de cultura, religión, pueblo o pensamiento, existe el mismo deseo de vivir, amar y proteger a quienes queremos.

Buscar la paz exige valentía.

Es más fácil levantar muros que reconstruir la confianza. Es más fácil gritar que escuchar. Es más fácil alimentar el rencor que acercarse a quien nos ha herido. Perdonar no significa negar el dolor ni renunciar a la justicia. Significa impedir que el dolor se convierta en una nueva semilla de violencia.

La justicia puede abrir el camino. El diálogo puede acercar las orillas. Pero solamente el amor puede sanar profundamente las heridas.

Tal vez no podamos detener una guerra con nuestras propias manos. Quizá sintamos que nuestras palabras son demasiado pequeñas frente a una tragedia tan grande. Pero siempre podemos elegir qué alimentamos en el mundo.

Podemos elegir la indiferencia o la compasión.

Podemos compartir mensajes que dividan o palabras que acerquen.

Podemos mirar hacia otro lado o recordar a quienes sufren.

Podemos condenar a pueblos enteros o defender la dignidad de cada ser humano.

También podemos hacer silencio y rezar. No como una manera de escapar de la realidad, sino como una forma de acercarnos a ella con el corazón despierto. Rezar es permitir que el dolor del otro encuentre un lugar dentro de nosotros. Es pedir luz para quienes deben tomar decisiones. Es recordar a las víctimas. Es suplicar que la sabiduría venza al orgullo y que la vida sea protegida por encima de cualquier interés.

Hoy elevo mi pensamiento hacia Etiopía.

Pido por las personas que han perdido a alguien. Por quienes tienen miedo. Por quienes han tenido que abandonar su casa. Por quienes continúan cuidando, curando, alimentando y consolando en medio de la incertidumbre.

Pido también por quienes tienen la responsabilidad de elegir entre la violencia y el diálogo. Que comprendan que ningún triunfo construido sobre el sufrimiento de un pueblo puede llamarse victoria. Que tengan la humildad de escucharse y el valor de detenerse antes de que sea demasiado tarde.

La paz no pertenece a un solo grupo. No tiene una única lengua, religión o bandera. La paz pertenece a cada madre que quiere ver crecer a sus hijos. A cada niño que merece dormir sin miedo. A cada persona que sueña con regresar a su hogar.

No deberíamos preguntarnos únicamente quién tiene razón. También debemos preguntarnos quién está sufriendo y qué podemos hacer para aliviar ese sufrimiento.

Quizá el primer paso sea mirar a Etiopía no solamente como una tierra marcada por la guerra, sino como un pueblo lleno de historia, fortaleza y esperanza. Un pueblo que merece decidir su futuro sin miedo y caminar hacia la reconciliación.

Mientras exista una persona dispuesta a perdonar, una comunidad dispuesta a dialogar y una mano dispuesta a ayudar, la esperanza seguirá viva.

Que nuestras palabras no alimenten el odio.

Que nuestras creencias no nos separen.

Que nuestras diferencias no sean una condena.

Que aprendamos a encontrarnos en aquello que compartimos: la vida, la fragilidad, el deseo de amar y la necesidad de ser amados.

Tal vez ese sea el milagro que necesita nuestro mundo: comprender que la paz no empieza cuando el otro cambia. Empieza cuando cada uno de nosotros decide transformar su propia mirada.

Que el odio encuentre amor.

Que la herida encuentre consuelo.

Que la venganza encuentre perdón.

Que el miedo encuentre esperanza.

Y que Etiopía encuentre, al fin, el camino de una paz verdadera, justa y duradera.

«El milagro es transformar el odio en amor y la guerra en paz».

Iñaki Alegría

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