No puedo creer que el propósito de la vida sea ser feliz

No puedo creer que el propósito de la vida sea ser feliz.

 

Creo que también el propósito de la vida es ser útil, ser responsable, ser compasivo.

 

Es sobre todo, importar, contar, representar algo, haber marcado alguna diferencia por haber vivido.

Se nos vende la felicidad como un derecho permanente, como un estado natural que depende de tomar las decisiones correctas, consumir lo adecuado, rodearnos de lo que “nos suma” y alejarnos de todo lo que incomoda. Hemos convertido la vida en un proyecto de bienestar personal, casi en una ingeniería emocional destinada a evitar el dolor.

Pero basta mirar el mundo sin filtros para que esa narrativa se resquebraje.

No puedo creer que el propósito de la vida sea ser feliz.

Porque si así fuera, ¿qué sentido tendría el sacrificio de quien cuida a un enfermo durante años? ¿Qué lugar ocuparía la madre que no duerme, el médico que se queda cuando todos se han ido, el cooperante que elige caminos difíciles, el maestro que insiste cuando nadie escucha? Sus vidas no siempre son cómodas, ni fáciles, ni siquiera felices en el sentido superficial que hoy idolatramos.

Y, sin embargo, hay en ellas una grandeza indiscutible.

Hemos confundido felicidad con ausencia de sufrimiento, cuando en realidad una vida valiosa casi siempre roza el dolor. No porque el dolor sea bueno, sino porque amar nos vuelve vulnerables, y comprometernos nos expone.

Creo que el propósito de la vida es ser útil.

Útil de verdad, no como una etiqueta productiva, sino como una disponibilidad radical hacia el otro.

Ser útil es una forma de rebelión contra la cultura del yo.

También creo que el propósito de la vida es ser responsable. Hemos glorificado tanto la libertad individual que a veces olvidamos su contrapeso inevitable: la responsabilidad. No somos islas. Cada acto nuestra toca la vida de otros, para bien o para mal.

Vivir con responsabilidad es comprender que la neutralidad no existe. Que la indiferencia también es una elección. Que mirar hacia otro lado nos convierte, silenciosamente, en cómplices de un mundo más frío.

Pero si hay una palabra que puede salvarnos de la deriva del individualismo es esta: compasión.

La compasión no es sentimentalismo. Es una fuerza moral. Es la decisión de dejar que el sufrimiento ajeno interrumpa nuestra comodidad. Es negarnos a aceptar que el dolor de otros “no es asunto nuestro”. Es entender que la dignidad humana no admite fronteras.

Ser compasivo es, en el fondo, un acto profundamente revolucionario.

Porque va contra la lógica dominante, que nos quiere autosuficientes, protegidos, emocionalmente a salvo.

Importar.
Contar.
Representar algo.

Tal vez eso sea lo que de verdad anhela el corazón humano: no pasar por la vida como un accidente biológico, sino como una presencia que inclinó la balanza hacia el bien.

Haber marcado alguna diferencia por haber vivido.

No todos cambiaremos la historia, pero todos podemos cambiar una historia. Y eso basta para que una vida tenga peso.

Ahora bien, hay algo profundamente esperanzador en todo esto.

Cuando dejamos de perseguir obsesivamente nuestra propia felicidad y empezamos a preguntarnos dónde podemos ser necesarios, ocurre una paradoja luminosa: aparece una alegría más honda que cualquier placer inmediato. Una alegría que no depende de que todo vaya bien, sino de saber que nuestra vida tiene sentido.

No es la felicidad frágil del entretenimiento.
Es la paz robusta del propósito.

Amar nos cansará.
Servir nos exigirá.
Compadecernos nos romperá un poco el corazón.

Pero también nos hará inmensamente humanos.

Quizá el gran drama de nuestra época no sea el sufrimiento, sino la tentación de vivir vidas pequeñas, centradas únicamente en nosotros mismos. Vidas seguras, pero estériles.

Y quizá la verdadera vocación del ser humano sea exactamente la contraria: ensanchar la vida hasta que quepan otros dentro.

Por eso no estamos aquí solo para sentirnos bien.

Estamos aquí para responder.
Para cuidar.
Para sostener.
Para encender luces donde parecía imposible.

Y un día, cuando el tiempo nos obligue a detenernos, tal vez no tenga demasiada importancia cuántos momentos felices acumulamos.

Importará, sobre todo, esto:

Si alguien vivió mejor gracias a nosotros.

Si nuestro paso por el mundo fue, aunque discretamente, una forma de amor.

No puedo creer que el propósito de la vida sea ser feliz actualidad Etiopía

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