Este año, la Cuaresma cristiana y Ramadán musulmán se dan la mano

Este año sucede algo profundamente hermoso:
la Cuaresma y el Ramadán casi caminan de la mano.
Y en ese encuentro del calendario parece que el mundo nos regala una imagen sencilla, pero llena de esperanza: millones de personas, distintas en tradición, buscando lo mismo en el fondo del corazón.
Cristianos y musulmanes somos diferentes, sí.
Diferentes en la forma de rezar, en los símbolos, en la manera de vivir la fe.
Pero tan parecidos cuando miramos lo esencial: el amor a Dios y el deseo de hacer el bien y construir un mundo mejor.
Durante estos días, unos ayunan preparando el corazón para la Pascua; otros ayunan buscando pureza interior y cercanía a Dios. Y, sin darse cuenta quizá, ambos hacen el mismo gesto humano: parar, escuchar, volver a lo importante, recordar al que sufre.
El ayuno se convierte entonces en un lenguaje común.
Un lenguaje que dice: no quiero vivir solo para mí.
Un lenguaje que habla de compasión, de humildad, de solidaridad.
No hace falta pensar igual para caminar juntos.
No hace falta creer de la misma manera para respetarse profundamente.
Cuando la Fe es auténtica, no levanta muros; abre puertas.
Hay algo muy tierno y esperanzador en imaginar, este mismo día, a una familia cristiana compartiendo la mesa y a una familia musulmana esperando el momento del iftar. Distintos rituales… pero la misma gratitud, la misma mirada al cielo, la misma confianza en que Dios sostiene la vida.
Y quizá ahí está el verdadero milagro: descubrir que el otro no es una amenaza, sino un hermano que también busca la luz, el amor, el bien del prójimo y la esperanza en que podemos construir un mundo mejor.
Que este tiempo compartido nos ayude a mirarnos con más cariño, a escuchar con más respeto y a construir juntos un mundo donde la fe sea siempre un puente y nunca una barrera.
Porque al final, cuando el corazón se abre, entendemos algo muy simple y muy grande:
Somos diferentes en el camino…
pero iguales en el Amor que nos guía hacia Dios.
Hoy, más que nunca, el mundo necesita esa fe que une y que construye. Una fe que no divide, sino que sana; que no impone, sino que acompaña; que no juzga, sino que abraza.
Tal vez el verdadero milagro no sea que Cuaresma y Ramadán coincidan en el calendario, sino que coincidan en el corazón: en la voluntad de vivir con más humildad, más gratitud y más amor.
Porque, al final, lo que nos mueve es lo mismo:
creer que juntos podemos crear un mundo mejor,
creer que cada gesto de bondad cambia algo,
creer que mejorar la vida del prójimo es la forma más hermosa de honrar a Dios.
Y en esa esperanza compartida descubrimos que, aunque nuestros caminos sean distintos,
Caminamos hacia la misma Luz.





