No son MENAS, son niñas y niños solas, perdidas, desorientadas después de cruzar un océano

No son MENAS, son niñas y niños solos, perdidos, desorientados después de cruzar un océano

 

Cruzan el mar en una barcaza de madera, en un cayuco desvencijado, aferrados a la única certeza que los sostiene: la esperanza. Niñas y niños solos, con el miedo pegado a la piel, con la mirada perdida en la inmensidad del agua. Algunos apenas han aprendido a atarse los zapatos y ya han tenido que aprender a huir. No deberían saber qué significa migrar, y sin embargo, lo han aprendido a la fuerza.

Les llaman MENAS, como si esas cuatro letras fueran capaces de resumir su historia, su dolor y su valentía. Pero no son cifras, no son expedientes, no son siglas. Son niñas y niños. Son hijas e hijos de alguien. Son sueños arrancados de sus raíces, pequeñas almas errantes que buscan cobijo en un mundo que a menudo les responde con frío y rechazo.

Algunos dejaron a su madre prometiendo volver cuando fueran grandes. Otros ni siquiera pudieron despedirse. Muchos vienen con cicatrices invisibles de un camino lleno de peligros, de noches sin dormir, de hambre, de abusos, de soledad. Y cuando por fin llegan, cuando pisan la tierra que creyeron prometida, se encuentran con miradas de desconfianza, con discursos que les reducen a una amenaza, con puertas cerradas que les niegan la infancia que les fue robada.

Pero basta mirarles a los ojos para ver la verdad. En esos ojos oscuros y profundos hay miedo, hay cansancio, hay dolor, pero sobre todo, hay una súplica silenciosa: “¿Me ves? ¿Me escuchas? ¿Me ayudarás?” No son invasores, no son delincuentes, no son culpables de nada. Son niñas y niños. Necesitan seguridad, protección, un abrazo que les diga que ya están a salvo. Necesitan que les llamemos por su nombre, que les tratemos con dignidad, que les recordemos que también tienen derecho a una vida mejor. Porque no hay ilegalidad en buscar un futuro, no hay delito en querer sobrevivir.

Si fuéramos nosotros quienes hubiéramos nacido en el otro lado del mar, si fueran nuestros hijos quienes tuvieran que caminar solos por un desierto de incertidumbre, ¿cómo querríamos que fueran recibidos? Tal vez es hora de cambiar el miedo por empatía, la indiferencia por humanidad. Porque detrás de cada niño solo hay una historia que merece ser contada, un corazón que merece ser cuidado, una vida que merece ser vivida con dignidad.

No son MENAS. Son niñas y niños. Y nos necesitan. Nos necesitan ahora.

 

Nadie abandona su hogar a menos que…

Nadie abandona su hogar a menos que…

No son MENAS, son niñas y niños solas, perdidas, desorientadas después de cruzar un océano actualidad

18 comentarios en “No son MENAS, son niñas y niños solas, perdidas, desorientadas después de cruzar un océano”

Leave a comment

Scroll to the top

Learn more from Cooperación con Alegría

Subscribe now to continue reading and get access to the full archive.

Continue reading