Gambo, donde la muerte se sienta a esperar

Gambo, donde la muerte se sienta a esperar

 

Gambo, donde la muerte se sienta a esperar actualidad África Etiopía

Cuentan los ancianos que en Gambo la muerte no camina ligera como en otros pueblos, sino que se sienta en la puerta del hospital a esperar. Allí se entretiene, paciente, porque sabe que dentro hay un médico empeñado en arrebatarle sus presas una por una. Ese médico se llama Iñaki, y algunos dicen que llegó de un mar lejano; otros, que nació de las mismas entrañas de la tierra roja.

En las noches más oscuras, cuando los búhos aúllan y el silencio aprieta los huesos, se le ve correr descalzo por los pasillos, perseguido por los gritos de las parturientas y los llantos de los niños. En sus manos lleva una bolsa de aire y un corazón de fuego. Dicen que una vez devolvió la vida a un recién nacido que nació sin aliento, soplándole la misma llama con la que se encienden los astros. Desde entonces, ese niño llora con un timbre distinto: como si tuviera estrellas en la garganta.

A Alima, la niña que la hambruna había convertido en un esqueleto, la recogió de la mano de la muerte como quien levanta una flor marchita del polvo. La alimentó con paciencia de siglos, hasta que la vio florecer. Desde entonces, cada vez que Alima sonríe, el viento del valle se vuelve más ligero, y los árboles reverdecen como si supieran que ella ha regresado a la vida.

Los enfermos cuentan que Iñaki no duerme: que se acuesta, sí, pero en cuanto la urgencia lo llama, se levanta sin cuerpo, solo espíritu, como si fuera arrastrado por una fuerza que no es de este mundo. Lo han visto doblar camas, multiplicar oxígeno, convertir un hospital vacío en un arca donde caben todos los que llegan. “Gambo nunca está lleno”, repiten las madres, porque siempre hay espacio para un niño más, aunque sea en los brazos del doctor.

Algunos dicen que Iñaki habla con los fantasmas de los que murieron demasiado pronto. Que les pide perdón por no haber llegado a tiempo, y ellos le responden con silencio agradecido. Otros aseguran que, cuando él entra en una sala, las paredes se ensanchan, como si el hospital mismo respirara con alivio.

El pueblo entero sabe que sin él el hospital habría sido tragado por la selva del olvido. Y aunque él lo niegue, repiten que en las noches de luna llena se le ve escribir, con tinta de lágrimas y café, cartas destinadas a los que todavía no han nacido: cartas en las que promete que habrá un mundo donde nadie muera cuando aún no le toca.

Así, en Gambo, la vida y la muerte bailan un vals interminable. Y en el centro de ese baile está Iñaki, un médico que no se conformó con curar cuerpos, sino que decidió defender la dignidad misma de la existencia.

Por eso dicen los viejos que un día, cuando él ya no esté, el hospital seguirá vivo. Porque los muros de Gambo no se sostienen con ladrillos, sino con las historias que él sembró. Historias que huelen a café, saben a lágrimas y resplandecen con la luz de lo imposible.

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