En todo servir y amar. Y hacerlo con Alegría

Se escriben para ser vividas.
“En todo amar y servir.”
San Ignacio de Loyola
San Ignacio de Loyola nos dejó una brújula espiritual, una forma concreta de caminar por la vida: amar no como palabra bonita, sino como entrega; servir no como gesto puntual, sino como misión.
Pero hoy quiero hacer mía esa frase y añadirle una palabra que para mí lo cambia todo:
En todo servir y amar.
Y hacerlo con Alegría.
Porque servir sin amor puede convertirse en obligación.
Y amar sin servicio puede quedarse en sentimiento.
Pero cuando uno sirve, ama y lo hace con alegría, la vida se convierte en ofrenda.
No hablo de una alegría superficial.
No hablo de sonreír cuando todo va bien.
Hablo de una alegría más profunda.
La que nace cuando descubres que tu vida tiene sentido porque puede aliviar el dolor de alguien.
La que aparece en medio del cansancio.
La que resiste en las noches sin dormir.
La que no niega la oscuridad, pero se atreve a encender una luz dentro de ella.
En Etiopía, en los pasillos del hospital de Gambo, entre niños con desnutrición, madres exhaustas, urgencias que no terminan nunca y vidas que penden de un hilo, esta frase deja de ser teoría.
Allí, servir y amar con alegría significa seguir cuando el cuerpo ya no puede más.
Significa mirar a una madre a los ojos y decirle, sin palabras: no estás sola.
Significa cuidar a un niño como si fuera el centro del mundo.
Significa creer que ninguna vida vale menos por haber nacido lejos.
Significa defender, con las manos cansadas y el corazón encendido, que la dignidad no depende del lugar donde uno nace.
Vivimos en una época que nos empuja a brillar, destacar, competir, aparentar.
Pero quizá la verdadera revolución sea otra:
No brillar para ser vistos, sino iluminar para que otros puedan caminar.
No es brillar sino iluminar
Y hacerlo con alegría.
No por ingenuidad.
No porque no duela.
No porque no canse.
Sino porque el amor, cuando es verdadero, no se agota al darse: se multiplica.
La alegría no elimina las heridas.
Pero las abraza.
No borra el sufrimiento.
Pero lo acompaña.
No resuelve todos los problemas del mundo.
Pero convierte cada pequeño gesto en una semilla de esperanza.
Servir con alegría es comprender que no hemos venido al mundo solo para sobrevivir.
Hemos venido para amar.
Hemos venido para cuidar.
Hemos venido para levantar al caído.
Hemos venido para dejar más luz de la que encontramos.
Porque al final, la vida no se mide por lo que acumulamos.
Se mide por el amor que entregamos.
No por cuánto nos aplaudieron.
Sino por cuántas vidas tocamos.
No por cuánto brillamos.
Sino por cuánta luz dejamos encendida en los demás.
Por eso hoy quiero quedarme con esta frase como oración, como misión y como horizonte:
En todo servir y amar.
Y hacerlo con Alegría.
En la alegría y en el cansancio.
En la abundancia y en la pobreza.
En la luz y en la noche.
En el éxito y en el fracaso.
En lo grande y en lo pequeño.
En lo visible y en lo escondido.
Con fe.
Con humildad.
Con pasión.
Con entrega.
Con el corazón entero.
Porque quizá la santidad no sea hacer cosas extraordinarias, sino hacer lo ordinario con un amor extraordinario.
Y quizá la pregunta más importante al final de nuestra vida no será:
¿Cuánto conseguiste?
¿Cuánto ganaste?
¿Cuánto te admiraron?
Quizá la pregunta será mucho más sencilla.
Y mucho más profunda:
¿Cuánto amaste?
¿A quién serviste?
¿Qué alegría dejaste sembrada?
Qué luz dejaste encendida?
Yo no quiero vivir para acumular.
Quiero vivir para entregarme.
No quiero pasar por el mundo sin tocar sus heridas.
Quiero gastar mi vida allí donde más falta haga.
Con mis límites.
Con mis caídas.
Con mis cansancios.
Con mis contradicciones.
Pero con una certeza clavada en el alma:
Solo el amor salva.
Solo el servicio transforma.
Solo la alegría compartida resucita la esperanza.
En todo.
Siempre.
Hasta el final.

