Ruziya y la pregunta que cambió mi vida

Ruziya y la pregunta que cambió mi vida

 

«El hambre es obra del ser humano.

Quien muere de hambre es víctima de asesinato».

Jean Ziegler

 

—¿Comeré hoy? —me preguntaste.

No pude responderte, Ruziya. Tu pregunta me dejó sin palabras. Tu mirada penetró en mi alma y tu imagen, Ruziya, me heló el corazón.

Comparto aquí un capítulo que te dediqué en mi diario:

 

Ruziya, te recordaré el resto de mi vida entrando en brazos de tu madre a urgencias.

No podías levantar tu peso del suelo. Tu corazón se había acostumbrado a latir con la reserva, quemándose a sí mismo. Había comenzado agotando la grasa y siguió con el músculo. Un cuerpo hambriento es un cuerpo que se consume a sí mismo; es un canibalismo humano consentido, en silencio.

Tu frágil esqueleto, ausente de músculo, no podía sostenerse en pie; no tenías fuerzas. Destinabas toda tu energía a respirar, latir y seguir con vida. La piel se te había adherido al esqueleto y el hueso quería atravesarla. Hasta un ciego podía contar las costillas siguiendo con el pulpejo la superficie torácica, palpando montes y valles.

Ruziya, te presentaste ante mi atónita mirada con un esqueleto recubierto de fina y quebradiza piel que transparentaba cada uno de tus huesos

. Una triste, hundida e inocente alma que no entendía el porqué. Unos palillos de hueso sin músculo ni grasa a modo de piernas que eran incapaces de sostener los escasos kilos del cuerpo. Tenías dos años, quizá tres, pero la báscula se quedó congelada en los 5,1 kg. Todos pensamos que se trataba de un error: solo 5 kilos con tres años. Sin embargo, bastaba con mirarte para que la duda se despejara.

El siguiente paso consistió en medir tu perímetro braquial: 8,7 cm. O lo que es lo mismo: tu brazo, Ruziya, era más delgado que el dedo pulgar de mi mano.

Recuerdo los angustiosos primeros días en los que una diarrea acuosa estuvo a punto de llevarse tu vida por delante. Tu frágil vida pendía de un hilo. Ahora tus piernas pueden aguantar el peso de tu cuerpo. Has recuperado la fuerza, el músculo. Puedes caminar.

Recuperaste la alegría y la esperanza.

Tu mirada lo delataba. Vuelves a ser lo que nunca tendrías que haber dejado de ser: una niña. Aunque, pensándolo bien, creo que lo correcto sería decir que ahora puedes ser niña por primera vez. Ahora puedes pensar en jugar y no en comer. Hemos llegado a tiempo y aún puedes recuperar la infancia que hasta ahora te habíamos robado.

Eras una niña invisible, fruto del olvido, hija de nuestra avaricia. No aparecías en estadísticas ni registros. Solo existías cuando clavabas tu mirada en la mía con lágrimas silenciosas. Solo tenías poco más de dos años, pero ya eras una superviviente que desafiaba a la muerte.

Escribo tu historia, con tu permiso, para que existas, para que no desaparezcas en el olvido.

Ruziya, nunca olvidaré el día que llegaste en brazos de tu madre, sin fuerzas para caminar, ni cuando abandonaste el hospital corriendo y saltando de alegría.

 

¿Siempre ha existido la hambruna?

¿Es inevitable el hambre en el mundo?

Nada es tan conocido y, a la vez, tan desconocido, tan cercano y, a la vez, tan lejano, tan presente y ausente, tan sensible y, a la vez, tan insensible como el hambre. Antaño no se producía comida suficiente para alimentar a toda la población; era una hambruna inevitable. Ahora, con los avances tecnológicos, se podría alimentar a la población mundial y sobraría comida para repetir. Sin embargo, hay más carestía que nunca. Hemos pasado del hambre inevitable al hambre evitable; del hambre inevitable al hambre consentida, pero sin sentido. Con sentido para los pocos que la fomentan; sin sentido para los muchos que la sufren. Una realidad olvidada que no interesa.

Durante buena parte de la historia de la humanidad las personas fallecían por enfermedades que no tenían cura o como consecuencia de hambrunas. Eran causas inevitables. Ahora se van de este mundo porque no reciben los medicamentos que los curarían o vacunas para protegerse de enfermedades o alimentos para comer. Y todo ello se puede evitar. Unos tiran lo que otros tanto necesitan. Nadie está a favor del hambre, pero muy pocas personas hacen algo para reducirla. No hay escasez de comida; hay escasez de justicia.

Ruziya no era pobre. Había sido empobrecida. No tenía demasiada hambre. Había sido hambrientada —permitidme la licencia de crear esta palabra que no existe—. Una vez que le he puesto nombre propio, que he narrado la historia personal de los que mueren de hambre, no puedo permanecer indiferente.

Vivo en un mundo hambriento de hambruna.

Con el hambre de muchos comen unos pocos. El hambre. El negocio del hambre. El hambre como mercancía.

Hambruna. Inseguridad alimentaria. Eufemismos. Disfrazarla para no mirarla. Cerrar los ojos y desviar la mirada.

El hambre mata cada día más que cualquier enfermedad. Sin embargo, no se habla de ella porque no es natural, sino que ha sido creada por la humanidad. El mundo calla ante lo que ha creado. Lo esconde.

El hambre está en las personas, en las casas de todos los países. Porque el hambre no entiende de países. Entiende de su creador: el hombre.

Esto me recuerda las palabras de Martín Caparrós:

Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. No hay nada más frecuente, más constante, más presente en nuestras vidas que el hambre y, al mismo tiempo, para muchos de nosotros, nada más lejano que el hambre verdadera.

 

Ruziya estuvo a punto de perder la vida porque no tenía comida. En la habitación de al lado Abdulakim casi pierde la suya por los vómitos en escopetazo.