Un día en el Hospital General Rural de Gambo en Etiopía

Un día en el Hospital General Rural de Gambo en Etiopía

 

Emergencia. Reanimación. Alegría. Sangrado. Taquipnea. Disnea. Oxígeno. Respiración. Monitor. Respirador Gasping. Muerte. Oxígeno. Muerte. Muerte. Muerte. Muerte.

 

Pandemia. Alarma. En cuestión de días, la pandemia lo llenó todo, o lo silenció todo haciendo desparecer todo de nuestra mente, pero en realidad seguía allí.

No estoy viviendo mi primer estado de alarma. Tampoco mi primer trabajo en un hospital de campaña. No es la primera vez que se aparece la muerte ante mis ojos. Ni que afronto un sistema sanitario colapsado. Aun así, no me acostumbro a ver morir y no quiero acostumbrarme a la injusticia, no quiero ser cómplice. No quiero callar. Prefiero, trabajar y así te lo voy a contar.

Estoy en primera línea, no desde hace una semana, ni escasos meses, sino desde hace más de cinco años, vivo en primera línea. Resido en el Hospital General Rural de Gambo, un hospital en emergencia continua que ahora combate la pandemia de Coronavirus entre epidemias de Sarampión, meningitis, cólera. Tuberculosis y hambrunas… todo ello cubierto por el más peligroso silencio que azota el cuerno de África, al sur de Etiopía, el de la indiferencia humana.

Convivo cada día entre la vida y la muerte, compartiendo cama.

Trabajo más allá de mis posibilidades, no desde hace un día ni una semana ni un mes ni un año, sino siempre. Y eso lo convierte en una normalidad que lo silencia todo. Cuando la emergencia es continua dejar de ser noticia.

Multiplicamos las camas, no por arte de magia, sino a través del esfuerzo y sacrificio.

Te preguntarás como es un día normal. Permíteme que te comente que cada día es diferente, cada día es una sorpresa. Estamos atendiendo más de 300 urgencias de sol a sol, desnutrición, meningitis, tuberculosis, sarampión, partos y cesáreas, reanimación neonatal…

Uno de los peores sentimientos que tengo a diario y que no te recomiendo a ti ni a nadie, es el sufrimiento de tener que retirar el soporte respiratorio a un niño que se está ahogando en beneficio de otro recién llegado que se encuentra peor.

El hospital está lleno. No hay camas. Es lunes. Acabamos de empezar el día.  Por delante quedan horas que ahogan minutos. No queda más que doblar las camas, es preciso hacer sitio, crear lugar.

Entre reanimaciones, cesáreas y de urgencia en urgencia el cielo se derrumba al fin. Cae la noche. Pero la actividad sigue. El hospital no duerme.

Resumo el día. Veinte ingresos en pediatría, seis partos, dos cesáreas, tres reanimaciones, cuatro desnutridos. Dos muertes.

Me derrumbo en mi viejo lecho, mis músculos no pueden más. Pero mi cerebro no puede desconectar. Me preocupan Abdula, Ruziya…  ¿Vomitará? ¿Comerá?

No puedo cerrar los ojos. No consigo conciliar el sueño.

La impotencia de morir por sarampión en los tiempos del Coronavirus. La injusticia de ver morir a un niño que no debería morir. Son algunos de los pensamientos que me impiden descansar, los mismos que me dan la energía para descubrir una fortaleza en mí que desconocía. He aprendido que el cuerpo humano es capaz de trabajar hasta la extenuación cuando tienen un motivo, cuando tiene un porqué: El compromiso de combatir toda esta injustica social con trabajo, sacrificio y esfuerzo. Dar la vida es la única manera de encontrarla.

Aquí empieza mi historia, mi testimonio personal de opción de vida, del trabajo diario asistencial en el Hospital General Rural de Gambo, trabajando en primera línea en un hospital que vive una emergencia continua.

La vida y trabajo como pediatra en el hospital rural de Gambo en Etiopía.

Describiendo el día a día en primera línea, poniendo nombre propio, detallando la agonía de perforar el hueso de un niño con una aguja para infundirle líquidos y así salvarle la vida,

Un hospital al borde de la quiebra, entregando mi vida para sacarlo a flote; cargando a mis espaldas el hospital como director médico para luego crear y liderar un equipo que asume de manera progresiva el control, empoderando para que el hospital pueda sobrevivir más allá de mi vida.

Hoy, mamá ha muerto. O tal vez fue ayer, no sé.

Albert Camus – El extranjero

Quiero que este libro no te deje indiferente, que no permitamos que muera ni una persona ante la pasividad y olvido.

Cuando muere una mujer en el parto,

Es evitable

Cuando muere un niño por hambre, o por sarampión, o por diarrea…

Es evitable

No mueren por la enfermedad, mueren por de injusticia social.

Y esto es lo que quiero evitar, al menos, todo cuanto pueda. Esta es mi historia.