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Jamila empieza a vivir

Jamila empieza a vivir

Ha llegado el día más esperado. Hoy Jamila empieza a vivir.

Han pasado diecinueve días desde que llegó a este mundo, días de lucha, supervivencia, combatiendo a la muerte las eternas primeras horas.
Ahora, Jamila puede dejar de sobrevivir para empieza a vivir.
Y Hawi, se siente madre, con Jamila en brazos, sonriente, deslumbrante de Alegría se pone en pie en marcha hacia casa.

Ahora podemos mirar atrás, con la sonrisa en los labios por la vida.

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Vino o manzana

En uno de los días más fríos del año, hablando con un hombre que vivía en la calle, sin más techo que las grises nubes del cielo que amenazaban tormenta, sin más posesión que una manzana en una mano, y un cartón de vino en la otra; me pregunta:

“¿Alguna vez has pasado el frío que yo paso?

¿Alguna vez has pasado el hambre que yo paso?”

No contesté, pero interiormente respondí que no.

Entonces cogió la manzana y la lanzó lejos.

Al instante lo comprendí todo.

La manzana tan solo saciaba su hambre, mientras que el vino saciaba su hambre y calmaba su frío al mismo tiempo.

Comprendí y aprendí a no juzgar, pues no he pasado nunca el frío o el hambre que ellos pasan cada día.

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A mí no me pasa esto

Hablando con un amigo, mientras le contaba la experiencia anterior con Dragomir y su familia, me suelta: “A mí no me pasa esto”. A todos nos pasa, nos pasa por delante pero no nos paramos.  ¡Quién no se ha encontrado nunca una persona en la calle pidiendo o tumbada en un banco y ha pasado de largo! Así que no digamos nunca que a nosotros no nos pasa esto, porque a todos nos pasa, tan solo se trata de pararse. El resto viene solo. Lo único que hemos de hacer es pararnos.  ¿Por qué nos parece más fácil seguir caminando que pararse, cuando en realidad es mucho más fácil y más natural pararse? Hemos transformado hasta tal punto la naturaleza que ya ni sabemos lo que es natural del ser humano.

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¿Qué es lo que necesitas?

A la entrada de la iglesia, una persona que está pidiendo nos abre la puerta. Contemplando el interior de la iglesia, invade nuestra mente el hombre de la entrada. Tras una breve visita a la nave central, salimos al exterior. El mismo hombre nos pide ahora dinero. ¿Pasamos de largo? Íbamos a hacerlo, pero no lo hicimos. Nos paramos delante de él. ¿Le damos dinero? Estábamos ya dispuestos a hacerlo y proseguir nuestra ruta, cuando pienso: no le será de gran ayuda el dinero, mejor pedirle que es lo que necesita. Y así lo hago. Y en esta pregunta radica todo. Pues a partir de ella nos empezó a contar todo: que tenía dos hijos, vivía en una casa abandonada en un barrio periférico de la ciudad, necesitaba pan y leche para los pequeños… Nos faltaba aún una información importante: ¿Cómo se llama? Dragomir, fue su respuesta. “Dragomir, iremos a un supermercado y te compraremos leche y pan para los niños.” Y así lo hicimos. Pero al entrar en el supermercado y ver el chocolate, los batidos, el arroz, el paté, el atún… no pudimos evitar comprarlo y acabamos saliendo del supermercado cargados con cuatro bolsas, sin darnos cuenta de que no podríamos dejar a Dragomir con las cuatro bolsas pues no las podría cargar, así que nos ofrecimos a acompañarle a su casa. Dragomir aceptó la invitación.

Cogimos el autobús y nos dirigimos a su casa. Antes hicimos una parada en un supermercado para pasar a buscar a su mujer, Elena, y su hermana que estaban pidiendo en las calles colindantes.

Los cinco nos dirigimos a su casa. Seguimos a pie por la acera. En una esquina abandonamos la acera y nos adentramos en una zona barrosa y sin asfaltar que finaliza en unas casas abandonadas. Por el camino nos salen al encuentro decenas de personas romaníes que viven en las mismas casas. Pasamos miedo.

Nos invitan a subir por unas escaleras viejas, sucias y oscuras. Nos encontramos en una habitación de poco más de 10 metros cuadrados en la que nos informa que allí vive una familia de unos 10 miembros. Para acceder a la habitación de la familia de Dragomir se debe cruzar la habitación de la otra familia. Tras cruzarla, nos encontramos ante otro espacio de dimensiones similares en la que se hallan cuatro mujeres y 3 niños, dos de ellos de pocos meses. En la habitación, dos pilas de colchones. Una pequeña cocina de butano en el rincón. Nada más llegar, nos ofrecen una silla a cada uno, las dos únicas sillas que tienen, nos las ofrecen a nosotros, y nos sirven una copa de fanta de naranja. Nos dan las gracias y empezamos a hablar con ellos.

Saco un globo del bolsillo, siempre llevo globos en los bolsillos porque nunca sabes cuando los vas a necesitar para alegrar a un niño, o bien a un niño más mayor. Del mismo modo, siempre procuro llevar una sonrisa en los labios, porque no hay nadie tan rico que no la necesite, ni nadie tan pobre que no la pueda regalar. El amor empieza con una sonrisa. Nunca sabremos todo lo que puede hacer una sonrisa.

Saco un globo del bolsillo, lo inflo y tras anudarlo se lo entrego a la niña, Denise, de unos 7 años. Que al instante se le abre una sonrisa en la boca y empieza a jugar con el globo. Mientras la niña juega, nosotros hablamos con Dragomir y su familia.

Hablando, nos enteramos de que el niño más pequeño está enfermo y que está tomando medicación pero que ahora mismo se le ha acabado y lleva ya 4 días sin tomarla. Le pedimos que nos enseñe lo que toma y descubrimos que es medicación para la bronquitis. De modo que les decimos que iremos a la farmacia y le traeremos más medicación para el pequeño puesto que es muy importante que se la tome.

Otro niño, de unos 8 años, que ahora no está porque se encuentra el colegio, nos explica que des de hace unos días refiere dolor muy intenso en la garganta. Nos ofrecemos para cuando regrese del colegio mirarlo a ver qué es lo que tiene y también a traerle las medicaciones para el más pequeño.

Así lo hacemos. Al dirigirnos a la farmacia, pienso que deberíamos tratar de conseguir que nos diesen la medicación sin pagarla puesto que es para un lactante de una familia pobre que no se puede pagar la medicación.  Tras explicárselo amablemente a la farmacéutica, nos las ofrece gratuitamente. Dios la bendiga.

Con la medicación nos dirigimos a la casa. Al entrar nos informan de que Dragomir, ya ha partido hacia la iglesia a pedir, puesto que se nos había hecho un poco tarde. Pero se encuentra el pequeño Dragomir con su dolor bucal, comiendo un pequeño bocadillo. Le pido que se dirija a la ventana, que abra la boca para examinarlo. Diagnóstico: una gran caries. No quiero saber cuándo fue la última vez que se lavó los dientes, si es que la hubo. Cojo unos guantes de látex, los inflo y se los doy a los niños para que jueguen con ellos.

Informamos a los padres de que el dolor que tiene es por no lavarse los dientes y de que es muy importante que cada vez después de comer se los lave.

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Historias sin techo – Prólogo

Prólogo

Personas sin techo, vagabundos, indigentes, mendigos, “barboni”… son muchas las palabras para hacer referencia a estas personas que conviven entre nosotros, más son muy pocos los gestos de atención que de nosotros reciben. Cuando muchas son las palabras es porque ninguna abarca el pleno significado y necesita de las otras para complementar y matizar, también quizá porque nadie se haya planteado realmente la pregunta de que es lo que caracteriza a estas personas, no existe una definición. Sabemos perfectamente que es un médico o un bombero, pero ¿sabemos que es un mendigo, vagabundo, indigente, “barboni”, persona sin techo?  Difícil es saberlo, pues ninguna de las palabras anteriores nos puede dar una idea.  Ni siquiera la RAE, como veremos a continuación.

Empecemos analizando las palabras que utilizamos para mencionarlos. Vagabundo, según la RAE:

vagabundo, da.

(Del lat. vagabundus).

1. adj. Que anda errante de una parte a otra.

2. adj. Holgazán u ocioso que anda de un lugar a otro, sin tener oficio ni domicilio determinado. U. t. c. s.

holgazán, na.

(Quizá del ár. hisp. kaslán, y este del ár. clás. kaslān, infl. por holgar; cf. gall. lacazán).

1. adj. Dicho de una persona: Vagabunda y ociosa, que no quiere trabajar. U. t. c. s.

Como vemos, la RAE relaciona vagabundo con holgazán, con no querer trabajar; y esto es lo que se piensa muchas veces de estas personas, más a lo largo del libro intentaremos desterrar estas falsas ideas y que tantas veces nos llevan cometer el gran error de decir: “Ellos se lo han buscado”.

Ahora que nos hemos percatado de que las palabras no nos van a dar la solución, quizá sea mejor buscarla en las historias de cada persona, en sus vidas, detrás de cada nombre propio…

Bienvenidos pues el mundo de Joan, David, Joana, Carlos, Mohammed…

Quizá no necesiten un apellido como persona sin techo… ¿Acaso me refiero a vosotros como personas con techo? ¿Es el techo lo que nos hace ser lo que somos? Ellos también son médicos, bomberos, lectores… no son menos que tú o yo… quizá sean incluso más… Despojémonos de prejuicios y techos y adentrémonos en la vida de personas como tú y yo… veremos que no somos tan distintos…

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Plaza de la Sagrada Familia, esta noche me corto las venas.

A los 13 años vi al demonio en persona, sí, cara a cara *

Plaza de la Sagrada Familia.

22h.

“Esta noche me corto las venas, porque el mundo es una puta mierda, estoy hasta los cojones de este vida, por eso ¡zas! Y me quito la vida. Estoy hasta los cojones, ¿me has oido?

¿Ves la Sagrada Familia? Pues se va a caer, sí, me lo ha dicho el demonio, porque yo cuando tenía 13 años vi al demonio en persona, sí, cara a cara. Tenía todos los dientes dorados. A los 13 años vi al demonio, sí, me oyes… porque yo a los trece años… es una puta mierda! Y vosotros… ¿vosotros, me oís?  Os pensáis que estoy loca pero no, a los trece años el demonio, así, cara a cara que yo lo vi, me dijo…

Yo no quiero vuestra puta mierda, que ahora vosotros os vais a vuestra casa pero yo me queda aquí y vosotros os vais a vuestra puta casa, los cojones, vosotros sí, ahora os vais a vuestra puta casa!!”

Así es Luisa Isabel, mujer de la República Dominicana  de 40 años que los cumple el 4 de junio.

Luisa Isabel de la Cruz, “Me llamo Luisa Isabel de la Cruz, de la Cruz, no Cruz, ni dela Cruz, no de la Cruz separado, no la Cruz”.

Junto a ella nos encontramos a otro amigo nuestro: Pedro, hombre tranquilo y sereno ante la comparación de Luisa, pues en la calle nadie se puede permitir el lujo de permanecer sereno, la soledad  y dureza de la calle se encarga de ello.

* Nota: Los nombres que figuran en el escrito son ficticios para mantener el anonimato de estas personas.

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La Bomba Ninja, Barcelona

La Bomba Ninja, nombre con el que es conocido una antigua nave abandonada durante años en el Poble Nou de Barcelona. Esta nave ha servido de refugio a persones marginadas y excluidas por la sociedad. En los últimos años las personas procedentes del África subshariana han incrementado su presencia en este lugar, sobreviviendo entre chatarra.

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