La Nueva Flor

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La Nueva Flor

“A dos mil metros de altura nos abandona el avión. Nos encontramos en la elevada capital del país, Addis Ababa”

Con estas palabras describía mi primera llegada a Etiopía, hace ya más de 6 años.

Hoy, la sensación de volver a pisar tierras etíopes ha sido muy distinta.

El avión inicia su descenso sobre un mar de destellos luminosos, que provocan la alegría del pasajero sentado a mi lado:

“Desilal” me dice con una gran sonrisa en  los labios, mostrando el orgullo de su país natal.

“Desilal” me repito para mi interior, en efecto,  es precioso sobrevolar la inmensidad de Addis Ababa, y sonrío también.

Pareces etíope” me dice. Y ahora sí que no puedo disimular la sonrisa. Me ha dicho sin saberlo el mejor piropo.

El momento de tocar tierra del avión se confunde con los aplausos de los pasajeros, que no pueden esconder la alegría de volver a estar en su tierra.

Un escalofrío recorre mi cuerpo, se me pone la piel de gallina. Es la bienvenida de Etiopía, un país en el que ya tengo años de historias, recuerdos, alegrías, tristezas, sentimientos.

En estos años ha cambiado mi mirada hacia este país, ahora siento una profunda admiración y gratitud.

He llegado de madrugada, después de pasar el control de seguridad, los escasos turistas del avión atraviesan la puerta de salida buscando un taxi que los lleve al hotel; mientras los etíopes, toman aposento envueltos en mantas porque la noche es fría, esperando que el amanecer descubra un nuevo día y empezar la vida.

Yo, tomo asiento también y aprovecho para plasmar en palabras estos sentimientos.  Acompañado del añorado café etíope, con su inconfundible aroma y sabor.

Quizá sí que soy algo etíope.

Quizá no haya nacido en Etiopía, pero Etiopía ha nacido en mí.

 

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