Bread… Bread…

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Bread… Bread…

“Bread… Bread… Bread…” palabras que resuenan en mi mente llegando hasta el alma al cerrar los ojos.  Es la palabra que Adisu y sus cuatro hermanos nos susurran al oído, evitando que los oiga su madre.

Todo empezó en el hospital. Cuando Adisu y sus hermanos se presentaron ante la puerta de mi consulta. Tras preguntarles qué hacían allí  me comentaron que habían sido visitados en el hospital hacía dos días y que les habían recetado un tratamiento pero no su madre no lo había podido pagar por no tener dinero.

Elevó su mano hasta la altura de la mía y me cogió la mano. Su mano, llena de heridas y pequeñas ampollas se rozaba contra la mía. No paraba de rascarse la mano. Las lesiones en sus manos propiciaron la consulta médica. Sarna, era lo más probable. Todos los hermanos presentaban las mismas manos.

– ¿Dónde está tu madre? – Le pregunté.

– En casa, preparándose para ir a vender el pan.

– Vamos a casa a ver a tu madre.

Y me cogió de la mano, salimos del hospital, cruzamos el campo de fútbol y nos adentramos en un pequeño callejón. Tras dos recodos, se para ante una casa de adobe y paja con una puerta de chapa.

– Esta es nuestra casa. – Me dice abriendo la puerta.

Abrimos la puerta y entramos en su casa. Nos invade un olor a humedad. Una sola estancia, escasos metros de pared a pared. En la esquina un par de colchones viejos. En la otra esquina un banco de madera. Nada más.

– Aquí vivo con mi madre y mis cuatro hermanos.

Se me hiela el alma.

En la habitación. Sentada ordenando una caja de pan, encontramos a la madre. Que ante nuestra llegada se levanta y nos ofrece una gran sonrisa y palabras de agradecimiento por la visita.

– No tenemos dinero para pagar la medicación. – Me comenta.

Realmente cierto.